27/07/2022
Desde que era pequeña, siempre me han atraído los personajes suicidas. Cuando en un libro aparece una persona que quiere morirse, mi atención se centra inmediatamente en ella, y no puedo dejar de leer, con la curiosidad morbosa por saber si va a conseguir cumplir con su cometido. Los personajes que más me llaman la atención son aquellos que no tienen síntomas de una depresión aparente.
Mis personajes tienen amigos y van al cine. Viajan y beben café con las ventanas abiertas para que entre el aire de la mañana. Van a festivales y saben montar en bici; se enamoran, se bañan en ríos y comen castañas en invierno. Y a pesar de todo —a pesar de TODO—, quieren estar mu***os.
Supongo que hay personas que, según crecen, se les hace un agujero inmenso en el estómago y por mucho que lo intentan no consiguen rellenarlo. Supongo que la vida se les hace bola y, que si hubieran podido elegir, preferirían no haber nacido.
Y ahora que me ha dado por creer en la existencia de otras vidas, pienso que es posible que yo en otro tiempo fuera una de estas personas. Me agarro a esta idea porque explicaría la extraña relación que he tenido desde siempre con la muerte; me agarro a esta idea porque explicaría por qué a veces tengo tantas ganas de llorar en los momentos en los que mejor me lo estoy pasando.