10/09/2026
«Hay fotógrafos que caminan con sigilo, como si fuesen parte del paisaje. Otros se acercan con empatía, con pausa, con una cierta reverencia por lo humano. Bruce Gilden no. Él entra en escena como un puñetazo visual: cámara en una mano, flash en la otra, mirada fija, dedo rápido. Click. Luz. Desconcierto. Siguiente rostro. Siguiente disparo.
Gilden dijo: “Yo no me acerco. Estoy cerca”. Y lo está. A veces demasiado.
Immanuel Kant, en una de las formulaciones más poderosas de su imperativo categórico, nos recuerda que el ser humano debe ser tratado siempre como un fin en sí mismo, nunca como un simple medio. Es decir: no importa cuán noble sea nuestro propósito, nadie debería convertirse en instrumento de nuestros fines. Porque usar al otro —aunque sea para crear arte, para contar una historia, para conmover— es, en el fondo, una forma de deshumanización.
Y sin embargo, ¿qué ocurre cuando Bruce Gilden dispara su flash a treinta centímetros del rostro de una persona en situación de calle, de una anciana perdida en su mundo, de alguien con evidentes marcas de sufrimiento físico o mental? ¿Qué sucede cuando ese gesto —violento en su ejecución, contundente en su estética— termina en una galería de arte en Chelsea o en una publicación con cientos de miles de likes? ¿No se ha convertido ese rostro en un recurso dramático? ¿No ha sido transformado en materia prima para un efecto visual? ¿No ha sido reducido, precisamente, a medio?
La pregunta no busca juzgar con ligereza, sino detenernos. Porque lo que está en juego no es solo una cuestión de estilo, sino de ética. De esa línea tenue entre mirar y usar. Entre documentar y explotar. Y de lo fácil que es olvidar que, detrás de cada rostro que nos golpea desde una imagen de Gilden, hubo una persona que no eligió ser parte de ese disparo.
Sí, su obra tiene fuerza. Pero, ¿a qué precio?
Lo más inquietante del trabajo de Bruce Gilden no es solo su forma de disparar, sino lo que parece estar ausente en el fondo de su propuesta: no hay un proyecto mayor, ni una narrativa profunda, ni una pregunta humana detrás del retrato. Sus series no buscan construir un gran fresco visual de su tiempo, como sí lo hizo August Sander, quien dedicó su vida a fotografiar con rigor y respeto a los ciudadanos alemanes de todas las clases, oficios y condiciones. Aun mostrando cuerpos torpes, rostros comunes y gestos sin glamour, Sander quiso retratar a un pueblo. Quiso entenderlo. Y por eso fue perseguido por los n***s: porque su mirada no coincidía con el ideal ario, porque mostraba a la Alemania real, humana, imperfecta. Su obra fue incómoda para el poder porque tenía una visión.
Gilden no tiene una mirada sociológica, ni un impulso antropológico, ni siquiera una capa de curiosidad verdadera o de interés humano genuino. Lo suyo no es un archivo, ni una tesis, ni una denuncia. Es acumulación. Cazador de rostros torcidos, de dentaduras destruidas, de miradas desencajadas. Una y otra vez. Cada foto suya es una anécdota. El conjunto es una especie de catálogo del desprecio.
Podríamos defender lo grotesco en el arte —y con razón—. Puede haber arte incluso en lo repulsivo: Lo sabían Francisco de Goya cuando pintó al “Saturno devorando a su hijo” y Picasso cuando nos lanzó a la cara el Guernica. Obras feas, sí. Incómodas, brutales, desgarradoras. Pero en ellas había intención. Había reclamo, había contexto, había una denuncia del horror. Fealdad con propósito. Lo grotesco como espejo de la barbarie.
Gilden, en cambio, no reflexiona: reacciona. No construye sentido: captura deformidad. No cuestiona el sistema: explota al individuo. Cada una de sus fotos es solo una mueca perdida, un gesto robado, una imagen sin anclaje. Y eso, cuando se hace con personas en situación de vulnerabilidad, no es provocación artística: es explotación.
No basta con que una imagen incomode. Hay que preguntarse por qué incomoda, para qué, a quién sirve, qué revela. Y en el caso de Gilden, demasiadas veces la incomodidad viene del espectáculo mismo de la miseria ajena. Del uso del otro como residuo visual. Y eso, hay que decirlo con claridad, resulta éticamente preocupante, y humanamente indignante.»
(Fuente del texto: párrafos extraídos de un artículo del Dr. Oscar Colorado.
Óscar Colorado Ciudad de México, 1969 es académico, investigador, analista, escritor y divulgador especializado en fotografía, cultura visual y narrativas audiovisuales.)