11/10/2025
Existe un ruido constante en el paisaje informativo: la retórica de la fractura, el titular que subraya el enfrentamiento y aísla al diferente. El miedo se ha convertido en una moneda de cambio fácil. “Villamalea,” nace como una crónica documental de la única respuesta que desarma ese ruido: la convivencia vivida y sin adornos.
Mientras otros pueblos de nuestra geografía cedían este verano al pánico o a la exclusión —prohibiendo celebraciones o permitiendo la ira organizada—, en Villamalea, un pequeño pueblo situado en la comarca de la Manchuela (Albacete) se firmaba un pacto de sensatez. El Ayuntamiento, con el apoyo unánime de sus tres fuerzas políticas, aprobó la regularización de su población migrante.
Esto no fue un gesto ideológico vacío. Fue la constatación de una realidad que estas fotografías documentan: la inmigración, que supera el 30% del censo, no es una carga, no es solo el motor que sostiene la agricultura, el comercio y el cuidado de los mayores. Son vecinos nuevos que revitalizan el pueblo y han sido acogidos con los brazos abiertos. Villamalea, con sus gentes de más de treinta nacionalidades, demuestra el dicho, como decían de los de Bilbao, que quien es de Villamalea, nace donde le da la gana.
Mi lente se ha enfocado en la geometría del afecto, que es donde el relato se vuelve íntimo. Los retratos de la serie buscan el vínculo cotidiano: la amistad entre lideres de religiones diferentes, la complicidad en el campo de juego, las confidencias entre vecinas a media tarde. Es la documentación de cómo se tejen los nuevos lazos que, a la postre, definen qué es y qué será un pueblo.
"Villamalea" es la prueba de que el discurso del odio se desvanece no ante el debate político, sino ante los pequeños actos del dia a dia. Ofrece una ventana a una integración real y tangible. Es la vida, desbordando la política.