25/05/2025
Los fines del mundo son, para mí, una especie de advertencia: en la fábula de la Iglesia, Dios, al final, nos lleva a todos para arriba. Incluso a los que se le plantan con el discurso de la coherencia, a los que preguntan por qué no “intercede” en asuntos verdaderamente importantes como la hambruna o la guerra. En mi imaginación, al principio, vamos todos en la misma bolsa. Ya en el cielo, el mandamás empieza a descartar sin ton ni son, con el “Cordero de Dios” sonando de fondo, a quienes reprobaron la materia llamada “vida en la Tierra”, y pum… para abajo.
La verdad es que nunca me interesó demasiado el asunto de los católicos. Siempre me pareció una fantasía eso de que pueda existir un ser todopoderoso y, al mismo tiempo, misericordioso. “No les creo nada”, me decía ya de joven. Y, sin embargo, con tanto adoctrinamiento encima, si mañana me dijeran que voy a morir de forma catastrófica, probablemente le rezaría a algún dios, al que esté de turno, no solo al cristiano. Porque, honestamente, no sé bien a dónde manda Dios las almas que van al in****no si, por ejemplo, la Tierra es destruida por un meteorito. ¿Sería también el fin del in****no?
Lo que sí me interpelaba en mi adolescencia era el fin del mundo.
En los años 90 se predijo que, al iniciarse el año 2000, toda la tecnología computarizada dejaría de funcionar, provocando fallas en todos los sistemas que dependían de ella. Se habló de desastres nucleares, de ojivas volando sin control y de una destrucción total y definitiva. La paranoia era absoluta. Y, como si fuera poco, caía sábado. Los trabajadores del tercer mundo, ya de por sí explotados, vivían con la incertidumbre de si el lunes habría que ir a trabajar —en caso de seguir vivos, claro— y, más importante aún, si depositarían el sueldo. Porque sobrevivir al fin del mundo, definitivamente, no debe ser barato.
En 2001, comprobando que seguíamos vivos, la profecía se pospuso para 2012. El calendario maya anunciaba un delirio total. Los mayas, que para entonces —de más está decir— ya no estaban “presentes”, dejaron en sus jeroglíficos, según los eruditos arqueólogos, predicciones de alineaciones galácticas, inversión del campo magnético terrestre, colisión con el planeta Nibiru, invasión extraterrestre, una nueva era y, para coronar, una supernova. Todo para el viernes 21 de diciembre. Para entonces, la gente ya estaba harta del tema y dudaba de que pudieran ocurrir tantos eventos en solo 24 horas. En vísperas navideñas, el comercio explotaba y los católicos andaban confundidos: ¿se festeja o no el cumpleaños de Cristo?
El 31 de octubre de 2015, la NASA anunció que el asteroide TB145 se acercaría a la Tierra. Otra vez sábado. Otro posible destino final. Días antes, los mercados se disparaban, las acciones se desplomaban y los algoritmos de las grandes corporaciones tambaleaban. Ahí, el absurdo de lo racional dentro de lo irracional era casi poético. ¿Pueden los ricos actuar como si nada importara y seguir creyendo que todo va a continuar, incluso ante la narrativa del fin? Absolutamente, sí.
Pero mi favorito de todos los fines del mundo fue el del 21 de diciembre de 2021. Después de tanta confusión y un par de años de coronavirus, sale a la luz que, aparentemente, los arqueólogos del calendario maya se habían equivocado: uno o varios eran disléxicos. El verdadero fin del mundo era en 2021. Ya nadie les creía. Ni siquiera los cristianos que rezan al Señor que camina sobre el agua y, si quiere, la transforma en vino. Ni yo.
Y con los años —y algún que otro estupefaciente— empecé a pensar en cómo me gustaría que me agarre el fin del mundo ideal. No este próximo, sino el perfecto.
Me gustaría que fuera un lunes por la mañana, cuando todavía estoy en la cama, justo antes de ir a trabajar. Despertarme en medio del caos y saber que, finalmente, la profecía se cumple. Preocuparme por las cosas mundanas, intentar contactar en vano a familiares y amigos —si es que tengo alguno para entonces— y morir, que en definitiva es lo que toca.
Absolutamente no un viernes por la tarde, como este 6 de mayo, saliendo del laburo, cansado y con hambre, en el porta ganado que usamos como transporte público. Porque ahí, con todo el caos, uno igual quiere llegar a casa a descansar un poco, aunque sea antes de morir. Morir así, con semejante idiotez y agotamiento, después de navegar en el pánico colectivo, no te lleva al cielo. No al de Dios, al menos. Porque si existiera, también existiría San Pedro, y con tanto malhumorado llegando junto, nos mandaría directo al in****no.
La gente es maleducada viva, no quiero imaginarme con la impunidad con la que se manejarían mu***os, donde no hay nada que perder.
Así que, si finalmente el fin del mundo es este viernes, lo mínimo que deberíamos exigir como especie es que se postergue para un lunes. Y te digo más: si es posible, que un impacto en uno de los hemisferios genere una onda expansiva que destruya al otro ya en su madrugada. Lo que quiero decir es: que nos agarre dormidos a todos.
Pero, por sobre todo, me parece urgente fundar la Organización Mundial del Fin del Mundo. Una entidad que se ocupe de que nos llegue tranquilos, conscientes de que vamos a morir. Que informe a la población que, en caso de lluvia de meteoritos, no hace falta guardar el auto ni entrar la ropa. Todo está perdido. Y, más importante aún, que enseñe a rezarle a más de un solo dios. Por las dudas.
Porque si el mundo se termina y seguimos sin saber a quién pedirle explicaciones, sería la catástrofe más coherente que hayamos tenido jamás.