24/06/2026
México tiene una biodiversidad brutal. Mi favorito, sin lugar a dudas, es el jaguar. Pero tenemos puma, ocelote, tapir, oso negro, monos, borrego cimarrón, guacamayas, águila real, lobo mexicano, berrendo, quetzal, ajolote y miles de especies que muchos países quisieran todavía tener en libertad.
Tenemos reservas extraordinarias, paisajes únicos y personas verdaderamente comprometidas que se parten el lomo todos los días por proteger lo que queda. Guardaparques, brigadistas, biólogos, investigadores, comunidades, ejidatarios y personas que trabajan sin reflectores, muchas veces con recursos insuficientes, poca vigilancia, amenazas y riesgos que no deberían existir.
Porque defender la biodiversidad en México puede costarte tiempo, dinero, salud.
Y ahí está una de las contradicciones más duras: pagamos impuestos, tenemos instituciones, leyes, áreas naturales protegidas y discursos muy bonitos sobre conservación, pero muchas personas que están en campo tienen que sacar de su bolsillo para gasolina, equipo, alimento, reparaciones o vigilancia. ¿De verdad eso debería ser normal?
El problema no es únicamente la falta de dinero. También está la impunidad, la corrupción, el crecimiento sin planeación, los incendios provocados, la tala, el tráfico de especies, los perros y gatos ferales, las carreteras sin medidas reales para la fauna, la contaminación de ríos, la extracción de agua y los proyectos autorizados con estudios de impacto ambiental que muchas veces parecen un simple trámite.
Claro que México necesita empleo, industria, infraestructura y crecimiento. Nadie está peleado con eso. Pero progreso no puede significar destruir el agua que bebemos, fragmentar bosques, contaminar el aire y dejar que los costos los paguen las comunidades, la salud pública y la fauna, mientras los beneficios se quedan en pocas manos.
A veces permitimos actividades que en otros países ya enfrentan restricciones mucho más duras. Y aquí todavía las presumimos como desarrollo.
Esta mañana venía caminando por la banqueta y vi a una señora abrir la puerta de su coche para tirar envolturas de comida a la calle. Me dio impotencia. No le dije nada porque hoy cualquier cometario ofende a todo el mundo, pero levanté la basura y la llevé a un bote cercano. Motivado por esta acción hago esta reflexión el día de hoy .
Sé que recoger unas envolturas no cambia pero en lo absoluto al país. El problema empieza cuando normalizamos lo pequeño: tirar una bolsa, dejar una botella en un arroyo, alimentar fauna silvestre por una foto, cacería furtiva, dejar perros sueltos en zonas naturales, quemar basura, desperdiciar agua o pensar que alguien más tiene que resolverlo todo.
No basta con decirle a nuestros hijos que cuiden el planeta. Hay que darles el ejemplo. Ellos ven cómo tratamos la calle, el río, el árbol frente a la casa, al perro abandonado, al animal que les da miedo y hasta la basura que dejamos después de un paseo.
Una sociedad que respeta la vida silvestre de verdad también termina cuidando sus bosques, sus ríos, sus lagos, sus suelos y sus sistemas de agua subterránea. No por romanticismo: porque de ahí sale el agua, el aire, los alimentos y la salud de todos nosotros.
A poco no sería otro México si nos preocupara más lo que respiramos, lo que comemos, el agua que tomamos y lo que dejamos alrededor de nuestros hijos. A veces parece que tenemos más prisa por llenar cerros de antenas, caminos y desarrollos que por entender qué se pierde cuando desaparece un bosque.
Sea como sea, hay que seguirle.
Seguiré recorriendo, documentando, instalando cámaras, mostrando fotografías y visitando niños, jóvenes y adultos para hablarles de lo que todavía tenemos. Porque todavía queda muchísimo por cuidar, y porque conocer nuestra biodiversidad puede ser el primer paso para dejar de verla como algo ajeno.
Aquí su servidor, Jorge Castro Urbiola.
Me gustaría leer su opinión en los comentarios.