Ojo Ancestral

Ojo Ancestral Yo era brujo de día y diseñador de noche,
pero me cansé de llevar doble vida… Ahora diseño símbolos, oráculos y textos con intención mágica.

15/07/2026

Estamos criando desde la herida, incluso cuando creemos que estamos rompiendo el ciclo.
(no es ahuevo, pero es muy probable)

En casa, la crianza es probablemente el tema que más discusiones provoca en pareja. Tenemos perspectivas distintas, umbrales distintos, historias distintas y maneras muy diferentes de interpretar lo que está ocurriendo frente a nosotros. Así que, como pueden imaginar, es la receta perfecta para el pleito constante.

Y bueno... no siempre somos dos adultos perfectamente funcionales buscando, con serenidad y madurez, la mejor solución para el niño. A veces somos dos personas cansadas, defendiendo su postura, sintiéndose cuestionadas, reaccionando desde su propia infancia y tratando de tener razón. A veces logramos escucharnos. Otras veces la conversación se convierte en otra cosa y perdemos de vista lo que se supone que estábamos intentando cuidar.

A mí este tema me importa especialmente porque sigo considerándome, en muchos sentidos, un niño-artista que sobrevivió a una crianza no tan respetuosa. Un morrito sensible, intenso, distraído, creativo, difícil de ordenar y quizá difícil de comprender dentro de un mundo que esperaba obediencia, disciplina y una forma mucho más predecible de habitar la vida. Muchas de las cosas que hoy reconozco como parte importante de mí, durante años se sintieron como fallas que había que corregir. De hecho, mucho de eso sigue ahí. Aún escucho esa voz que me dice: “Vales v***a, eres bien desordenado, huevón y sucio”. Pero hoy tengo herramientas pa’ mandarla alch y seguir con mi vida.

Tengo muy claro el padre que no quiero ser. Desde hace mucho. ¿Acaso no todos nos prometemos “no voy a ser así cuando sea padre” en algún momento de la vida?

Y cuando estoy sereno... quiero escuchar, acompañar, poner límites sin humillar, explicar sin aplastar y construir una relación basada en la confianza, no en el miedo. Quiero que mis hijos puedan existir sin sentir que deben reducirse para resultar cómodos.

Suena bien bonito hasta que ocurre algo. El límite se desafía por pi**hemil vez. La conversación no funciona. La respuesta me enciende. Llevo veinte minutos intentando explicar algo con paciencia y parece que al morro le vale v***a mi preciosísimo esfuerzo por comunicarme de forma respetuosa.

Entonces ya no responde únicamente el padre que quiero construir... responde también el niño que fui. Responde la frustración de no sentirme escuchado, el pi**he miedo a perder autoridad, el cansancio, la necesidad de controlar, las frases de papá que juré y perjuré que nunca repetiría y una rabia vieja que encuentra una situación perfecta para volver a manifestarse.

Luego pasa el momento, regreso un poco a mí y pienso: chingada madre, otra vez la cagué.

Hace poco Vania (mi esposa) me mandó a leer a Daniel Siegel. Y sí, bueno... tiene cosas muy chingonas sobre la manera en que nuestra propia historia sigue participando en la crianza, especialmente cuando no hemos conseguido comprenderla e integrarla.

Hay ideas que el cerebro entiende con bastante facilidad... que tu hijo no se despierta con ganas de llevar tu paciencia al límite, que sus acciones no son un ataque personal, que antes de esperar que el morro razone necesita regularse y que detrás de una explosión puede haber cansancio, miedo, hambre, frustración o una incapacidad para expresar lo que le está ocurriendo. El cerebro lo entiende. A veces...

Bajarlo a tierra cuando estás cansado, tienes prisa, te sientes desafiado y nada de lo que dices parece funcionar es oootra historia. Pero entrar en estos temas me ha obligado a preguntarme qué chingados ocurre realmente cuando criamos. Cuánto de lo que hacemos responde a la persona que tenemos enfrente y cuánto sigue siendo una conversación pendiente con nuestra propia infancia. Ahí dentro, detrás de nuestros ojos.

Hace poco leí una idea que me pegó durísimo: darle a tus hijos todo lo que a ti te faltó no necesariamente rompe la cadena, porque todavía les estás dando algo de acuerdo con tu necesidad, no con la suya.

“Mi hijo nunca pasará por lo que yo pasé.” La frase nace del amor, pero también de una promesa hecha antes de que ese hijo pudiera decirnos quién es.

Si a mí no me escucharon, yo siempre voy a escucharlo. Si crecí con carencias, procuraré que nunca le falte nada. Si me controlaron, le daré libertad. Si mis padres estuvieron ausentes, yo estaré presente en cada momento de su vida.

Parece una ruptura de esas viejas cadenas que nos unen al trauma. Y sin duda, a veces puede serlo. O al menos el inicio... Pero hacer lo contrario de nuestros padres no significa necesariamente que hayan dejado de participar en nuestra manera de criar.

La cadena puede cambiar de forma sin romperse. Quien vivió abandono puede transformar la presencia en vigilancia. Quien sufrió autoritarismo puede volverse incapaz de sostener un límite. Quien creció en la escasez puede cubrir una habitación de cosas sin reconocer una necesidad emocional. Quien nunca fue escuchado puede confundir escuchar con conceder. Quien fue humillado por equivocarse puede intentar evitarle a su hijo cualquier encuentro con la frustración.

La herida no siempre se repite imitando. También puede repetirse construyendo toda nuestra identidad alrededor de evitarla, y eso es bastante más silencioso. Podemos pasar la vida haciendo exactamente lo contrario de nuestros padres y seguir reaccionando frente a ellos.

Y además... nuestros hijos no son los niños que fuimos. Tal vez nosotros necesitábamos más libertad y ellos necesitan estructura. Tal vez soñábamos con padres que nos preguntaran todo acerca de lo que sentíamos y ellos necesitan guardar algunas cosas para sí mismos. Tal vez deseábamos que alguien eliminara algunos obstáculos y ellos necesitan descubrir que pueden atravesar una dificultad. Aquello que habría significado salvación en nuestra historia puede no tener el mismo sentido en la suya. Incluso puede sentirse como una imposición.

Todos llegamos heridos y un tanto rotos a la crianza. Eso no es un problema... El p**o es confundir esas heridas con instrucciones.

Desde el psicoanálisis se ha hablado durante mucho tiempo de la manera en que los padres depositamos en nuestros hijos deseos, temores, expectativas y futuros imaginados. Queremos que alcancen lo que nosotros no alcanzamos, que eviten aquello que nos destruyó o, en casos más jodidos, que continúen nuestro apellido, nuestras creencias, nuestros proyectos o la vida que nosotros no pudimos vivir. Incluso podemos convertirlos en evidencia de nuestra propia evolución.

Antes se esperaba que el hijo fuera obediente para demostrar que había sido bien educado. Ahora podemos esperar que sea seguro, autónomo, emocionalmente inteligente, cercano a nosotros y capaz de hablar de todo para confirmar que nosotros sí practicamos una crianza distinta. La exigencia cambia de lenguaje, pero si no nos ponemos al tiro, nuestros hijos pueden seguir cargando con la tarea de hacernos sentir que lo hicimos bien.

Bueno, pero... ¿qué ocurre cuando tiene ansiedad, miente, se cierra, se aleja, rechaza nuestros consejos o nos dice que también nosotros lo lastimamos? ¿Qué hacemos cuando no parece feliz después de haberle dado todo aquello que juramos que a nosotros nos habría hecho felices? Y uno dice: “No mames... ¿cómo puede sentirse así si yo hice todo diferente? Ya hubiese querido yo tener todo eso”.

Pues porque nuestros hijos no son nosotros. Simple. Y eso no demuestra que toda nuestra crianza haya fracasado... demuestra que siempre fueron personas distintas.

También por eso idealizar a un hijo puede ser otra forma de no mirarlo. Decirle que es el más inteligente, el más fuerte, el más sensible o que puede lograr cualquier cosa parece un regalo, pero puede convertirse en una encomienda. Los niños y niñas aprenden muy pronto qué versión de sí mismos ilumina los ojos de sus padres.

El vatito inteligente siente que no puede fallar. La morrita fuerte aprende a no pedir ayuda. Los humanitos independientes esconden sus necesidades y los sensibles temen decepcionar cuando descubren que también pueden ser crueles, egoístas o indiferentes.

Sin darnos cuenta, nuestros hijos comienzan a preguntarse qué necesitan ser para conservar nuestra admiración, nuestra tranquilidad o nuestro amor.

Ser visto no es lo mismo que ser idealizado. Ser visto significa ser reconocido como alguien separado de nosotros.

Y ahí es donde la versión superficial y malentendida de la crianza respetuosa también me queda a deber. Respetar a un niño no significa colocar cada deseo suyo en el centro de la familia. Validar una emoción no obliga a permitir cualquier conducta. Escucharlo no significa entregarle decisiones que todavía no tiene la capacidad de sostener. Evitar la humillación no implica eliminar toda incomodidad.

Porque a veces, honestamente, al morro le vale madre que nombres la emoción, le ofrezcas alternativas y te pongas a su altura para verlo a los ojos. A veces sencillamente quiere lo que quiere y, cuando no lo obtiene, se encabrona. Chingadamadre, ¿qué no nos pasa también eso a nosotros, que ya andamos más cerca del descanso eterno que de la niñez? Eso también es parte de crecer.

Acompañar una frustración no consiste en desaparecer aquello que la produce. La crianza respetuosa no tendría que eliminar la autoridad, sino separarla de la violencia, el miedo y la humillación. No es que la propuesta valga v***a. Muchas veces lo que falla es el entendimiento superficial de lo que significa respetar a un niño.

El verdadero p**o es aprender a sostener el límite sin descargar la herida. Distinguir cuándo estoy guiando y cuándo necesito controlar porque así me criaron y repito eso aunque diga que no. Cuándo cedo porque comprendo y cuándo cedo porque prefiero evitarme el drama y no tolero su frustración. Cuándo acompaño su dolor y cuándo necesito que deje de sentirlo porque su emoción activa algo insoportable dentro de mí...

Si no nos acechamos, podemos confundir la crianza respetuosa con hacer todo lo contrario a lo que vivimos. Si nos apendejamos, podemos proyectar nuestras heridas y educar no desde lo que nuestros hijos necesitan, sino evitando todo aquello que a nosotros nos pareció malo o doloroso, aunque en su historia ni siquiera tenga sentido.

Hay cosas que uno comprende intelectualmente y tarda años en encarnar. Pa’ mí, la crianza está siendo eso. Puedo leer a Siegel, entender el funcionamiento del cerebro, hablar de apego, regulación e integración, y después descubrir que mi cuerpo sigue respondiendo con herramientas mucho más antiguas... como engorilarme por cualquier ma**da.

Creo que es importante renunciar a la fantasía de convertirnos en padres perfectamente conscientes, regulados y capaces de responder siempre de la manera correcta. Esa perfección puede terminar siendo otra forma de ego. No existe una crianza sin proyecciones, frustraciones ni errores. Amar a un hijo no nos impide lastimarlo. Nuestras buenas intenciones tampoco definen por completo la experiencia que él tendrá de nosotros. Y cuando digo renunciar no me refiero a abandonar el estudio y el crecimiento, sino a relajarnos un chingo con la búsqueda de perfección.

Quizá lo importante no sea prometer que jamás vamos a hacer daño, sino aprender a reconocer cuándo lo hacemos, escuchar su experiencia, reparar y aceptar que nuestra versión de los hechos no es la única. Un hijo no vino a continuar nuestra obra, reparar nuestra infancia, justificar nuestros sacrificios ni demostrar que logramos sanar el linaje. Pobres morros: todavía no les rompen el corazón y ya queremos ponerles encima la misión de sanar generaciones enteras.

Podemos cuidar las condiciones en las que una persona crece, pero no decidir de antemano la forma que debe tomar. Nuestros hijos tienen un ritmo, una voluntad y una dirección que no nos pertenecen. Pueden ser profundamente amados y no compartir nuestras creencias, nuestros rituales, nuestros valores ni nuestra manera de entender la vida. Pueden abandonar el camino que imaginamos, cuestionar las historias familiares que considerábamos sagradas y elegir algo que no alcanzamos a comprender.

Acompañar una vida no es diseñarla. Romper el ciclo no es fabricar para ellos la infancia que habríamos querido... es evitar, tanto como podamos, que aquello que nos faltó decida por completo lo que ellos deben recibir. No se trata de convencerlos de que son perfectos ni de protegerlos de toda herida. Se trata de hacerles saber que no necesitan ser perfectos para ser amados y de aprender a reparar aquellas heridas que inevitablemente también nosotros vamos a provocar.

Quizá la cadena comienza realmente a romperse cuando dejamos de criar al niño que todavía llevamos dentro y nos atrevemos, por fin, a conocer al que está frente a nosotros.

Hoy cumplo 41 años.Dos años después de un tercer atado de 13 años que para mí tuvo algo de muerte, ruptura y transformac...
13/07/2026

Hoy cumplo 41 años.

Dos años después de un tercer atado de 13 años que para mí tuvo algo de muerte, ruptura y transformación. Un año después de los 40, esa cifra que tantas tradiciones han usado para nombrar el desierto, la prueba, la preparación y el tiempo necesario para convertirse en otra cosa. 4+1. Movimiento, libertad, experiencia, cambio. Pero ya no siento que sea el cinco impulsivo de quien necesita conocer todos los caminos para descubrirse. Siento menos fuga y más dirección. Menos hambre de novedad y más capacidad de reconocer qué merece quedarse.

Durante mucho tiempo creí que crecer significaba construir una imagen más completa de mí mismo. Ser mejor diseñador, mejor padre, mejor compañero, más capaz de sostener, con más claridad, más chingón. Creo que los años me han enseñado otra cosa... también se crece desmontando personajes. Dejando caer la obligación de saber, de poder, controlar y demostrar. Rompiendo la imagen para encontrar el contenido.

Más que haber llegado a la cima, hoy siento que comprendo distinto la montaña. Comprendo un poco mejor que mi intensidad no vino a consumirlo todo y que mi voz no necesita convertirse en pedestal cuando puede ser puente. Que crear no es imponer una forma sobre el mundo, sino escuchar con suficiente atención hasta que la forma que ya vive dentro de algo pueda aparecer. Y que una marca, una ceremonia, un texto, una conversación o un abrazo pueden nacer del mismo lugar: el deseo de hacer visible lo que tiene alma.

Así que, como festejo... Hoy dejo aquí un rezo.

Agradezco lo que permaneció y lo que tuvo que romperse. Los caminos que elegí y los que me cerraron el paso. La ciudad y el monte. El diseño y el rito. La razón que me ordena y el misterio que me recuerda que nunca podré entenderlo todo. Los animales que han llegado como espejos, las plantas que me han desarmado y las palabras que me encontraron cuando yo todavía no sabía que las necesitaba. Agradezco a mis hijos, porque han hecho de mi vida algo más grande que mi propia historia y agradezco a quienes me aman, a quienes han caminado conmigo y también a quienes me han confrontado, porque a veces una herida revela con más precisión que una caricia el lugar donde todavía falta verdad. Agradezco a mis mu***os, a mis maestros, a mis errores, al cuerpo que ha cargado conmigo incluso cuando yo no he sabido cuidarlo y a esta vida que, a pesar de todo, continúa invitándome a estar aquí.

Entro a los 41 pidiendo más presencia que respuestas. Pero dado que es parte del rito, también aprovecho a pedir deseos...

Deseo que la libertad que tanto he buscado deje de parecerse a escapar y empiece a parecerse a elegir. Que la fuerza no sea endurecerme, sino permanecer abierto sin abandonarme. Que el fuego no me obligue a quemarlo todo para sentir que avanzo y que aprenda a reconocer cuándo luchar, cuándo esperar, cuándo hablar y callarme alv frente a algo que todavía no comprendo. Que nunca confunda ser visto con ser amado y no construya estatuas donde podría encender fogatas. Que mi trabajo no nazca del miedo a desaparecer, sino de la alegría de haber estado aquí y que todo lo que cree conserve una grieta por donde pueda colarse la vida. Que sepa cuidar a quienes caminan conmigo sin convertirme en dueño de su camino y logre acompañar sin salvar, enseñar sin imponer, amar sin controlar y ofrecer sin vaciarme.

Hoy agradezco los 41 años que me trajeron hasta este punto exacto. No terminado, ni resuelto o iluminado, pero más mío. Y dejo estas palabras aquí para volver a ellas cuando lo olvide... no vine a esta vida a perfeccionar un personaje. Vine a volverme cada vez más verdadero.

Que así sea.

12/07/2026

¡Uyy! Se ha puesto bueno el chismístico con quienes me han contactado por el taller de Animales de Poder.

He tenido la oportunidad de platicar un rato con varias personas interesadas y ha estado bien bonito porque comenzaron a contarme cosas que casi nunca aparecen en una conversación normal, pero que me queda claro que están ahí, latentes en muchos de nosotros...

Gente que sueña con el mismo animal desde hace años y siempre en momentos específicos. Que desde niña siente una fascinación rarísima por uno. Que se tatuó otro sin saber explicar del todo por qué, pero sintiendo que hacerlo era completamente natural o incluso necesario. Que hay animales con los que se identifica cuando se mira al espejo o que terminaron formando parte de algún apodo. Que hay animales que les dan paz, pero también otros que les provocan un miedo o un rechazo muy ca**ón.

Y entre mensaje y mensaje me di cuenta de que muchas personas sí entendieron que este taller no se trata de escoger al animal que más les gusta ni de hacer un test para descubrir qué criatura espiritual les corresponde, pero todavía quedaba una pregunta bastante válida: ¿pero qué chingados vamos a hacer realmente en el taller?

Porque una cosa es sentir que existe una relación y otra muy distinta es saber cómo acercarte a ella. No quiero que termines el taller solamente sabiendo que el búho representa sabiduría, que la serpiente significa transformación o que el lobo habla de comunidad. Eso lo puedes encontrar en cualquier lista de Google en menos de cinco minutos.

El problema es que una lista puede decirte lo que un animal representa de manera general, pero no puede explicarte qué está haciendo ese animal dentro de tu historia. No sabe cuándo apareció por primera vez, qué estaba pasando en tu vida, si lo soñaste, si lo temías, si alguien importante para ti lo llevaba tatuado, si se convirtió en tu apodo o si comenzó a aparecer justo durante una transformación personal. Eso no se encuentra buscando el significado del animal. Se descubre mirando la relación.

Y eso es lo que vamos a hacer.

Apoyados por una libreta digital que preparé especialmente para el taller, vamos a comenzar a construir un mapa personal que conecte los animales que han aparecido en tu camino con tus recuerdos, tus sueños, tus miedos, tus encuentros, tus obsesiones y los momentos importantes de tu vida.

Vamos a aprender a distinguir si un animal parece acompañarte desde hace mucho tiempo, si llegó para ayudarte a atravesar una etapa específica, si te confronta desde la sombra o si representa una fuerza que conscientemente quieres aprender a encarnar.

También vamos a mirar al animal real. No solamente lo que los libros dicen que simboliza, sino cómo vive, cómo se protege, cómo consigue alimento, cómo cuida, cómo espera, cómo se mueve dentro de su territorio y qué puede enseñarte su manera concreta de habitar el mundo. Porque la enseñanza del cocodrilo no está en una definición mística. Está en que sabe permanecer quieto. En que no desperdicia energía. En que puede esperar el momento preciso sin confundir paciencia con pasividad.

La idea no es que termines el taller con el nombre de “tu animal”, sino que salgas con un primer mapa. Que puedas reconocer qué animales ya forman parte de tu historia, qué lugar parece ocupar cada uno y, sobre todo, que aprendas una manera de continuar investigando esta relación por tu cuenta cuando aparezcan nuevos sueños, señales, encuentros o preguntas.

Además, no vas a hacer este recorrido en solitario. Al entrar al taller también formarás parte de una comunidad digital en la que podremos compartir experiencias, descubrimientos, sueños, encuentros, preguntas y materiales para seguir profundizando juntos.

Porque muchas veces alguien cuenta que soñó con una serpiente y, al escucharlo, otra persona recuerda una experiencia que había olvidado por completo. La historia de uno abre puertas en los demás.

Me interesa mucho que esto no termine cuando apaguemos la videollamada. Quiero que se convierta en un espacio vivo donde podamos seguir observando las huellas que aparezcan después del taller y acompañarnos mientras cada quien aprende a reconocer su propio lenguaje simbólico.

Y para quienes entren en NAWAL, además del taller, la libreta y la comunidad, tendremos una sesión individual. Ahí podremos sentarnos a revisar tu historia con mucha más calma, ordenar los animales que ya han aparecido, explorar los vínculos entre ellos y mirar aquello que quizá es difícil reconocer desde dentro de tu propia experiencia.

Y esto no es porque yo vaya a revelarte una verdad mágica sobre quién eres, sino porque a veces uno ya tiene todas las piezas enfrente, pero necesita que alguien le ayude a reconocer el dibujo completo.

Así que, si leíste la primera publicación, algo te resonó, pero todavía no tenías claro qué ibas a encontrar dentro del taller, espero que esto te ayude a verlo mejor. Esto no es una clase para memorizar significados de animales. Es un espacio para comenzar a reconocer una relación que posiblemente ya lleva mucho tiempo ocurriendo.

Hoy es el último día para entrar con precio de preventa. Si quieres entrar, mándame un mensaje y te comparto toda la información: https://wa.me/525549553685

10/07/2026

Hablemos de ceremonias, hongos, normalidad y otras dr**as.

Se le suele llamar droga a los hongos. Droga de jipi. De apropiación cultural. Droga que sale de la c**a y que probablemente en eso convierte tu mente. Pero bueno… los humanitos tenemos esa fea costumbre de malnombrar las cosas.

A la ansiedad funcional le llamamos adultez y al insomnio, ambición. A vivir pendientes de una pantalla le llamamos, irónicamente, “estar conectados”. A pasar años sin escuchar el cuerpo, sin llorar con las pi**hes ganas que merece y sin preguntarnos qué chingados estamos haciendo con nuestra vida… le llamamos normalidad.

Nos asusta que alguien altere su consciencia durante unas horas, pero parecemos mucho más relajados con la idea de que viva durante décadas con la consciencia alterada por el miedo, la prisa, el consumo, el agotamiento, la culpa y la necesidad de demostrar que todo está bien. Quizá porque lo normal no es necesariamente lo sano. Lo normal es solamente aquello que aprendimos a soportar juntos.

La psilocibina, uno de los principales compuestos psicoactivos de los hongos enteógenos, modifica la percepción y no está libre de riesgos. Hay que conocerlos, estudiarlos y respetarlos. El problema es utilizar la palabra “droga” como sentencia, arrancando de golpe putomil años de usos, cultura, intercambio y relación humana con los hongos. Cuando una palabra deja de describir y comienza a condenar, nos arranca el pensamiento y nos somete al prejuicio.

Y pensar implicaría hacernos preguntas más incómodas: ¿por qué nos alarma una noche de consciencia alterada y no una vida entera de consciencia anestesiada? ¿Por qué tememos tanto perder el control, incluso cuando el control ya nos está destruyendo desde adentro?

Una ceremonia, con hongos o sin ellos, con ayahuasca o sin ella, es la forma en que los humanitos le damos espacio, tiempo y testigos a aquello que nos transforma la vida. Un recipiente simbólico para atravesar conscientemente algo que, de cualquier manera, ya estamos atravesando.

La vida está llena de acontecimientos que cambian nuestro cuerpo y nuestra identidad, pero hoy cruzamos casi todos esos umbrales sin lenguaje y sin comunidad. Terminamos relaciones. Perdemos un embarazo. Dejamos una adicción. Nos divorciamos. Sobrevivimos una enfermedad. Abandonamos una casa, una fe, una profesión o una versión completa de nosotros mismos que pasamos años construyendo.

Nos desbaratamos tantas veces… Nos pasan cosas enormes, pero las atravesamos como trámites privados. Te rompes y te recompones como puedes. Te encierras en el baño, te echas una lloradita, te lavas la cara y a darle duro a la chamba porque hay un chingo de correos sin contestar.

Eso es pobreza ritual. Miseria espiritual.

No significa que nos falten velas, altares o cantos. Significa que ya no tenemos suficientes estructuras colectivas para acompañar las muertes y los nacimientos invisibles que ocurren dentro de una persona.

Nos convencieron de que los ritos eran cosa del pasado. Algo primitivo e irracional. Una superstición que podía conservarse en los museos, en los pueblos sin asfalto o en los documentales de National Geographic, pero que ya no tenía lugar en la vida moderna. Creímos que habíamos evolucionado más allá de ellos. Que ya no necesitábamos reunirnos alrededor del fuego, entrar juntos en la oscuridad, hablar con aquello que no entendemos o marcar con el cuerpo los momentos en los que una parte de nuestra vida termina y otra comienza.

Y entonces eliminamos los ritos, pero no dejamos de necesitarlos.

Todavía nos quedan las bodas, las graduaciones, los funerales, las cenas navideñas, los tamales de Día de Mu***os y sus respectivas p**otas. Pero la intención se ha ido adelgazando hasta dejar, muchas veces, solamente la estética, la fotografía y la inercia. Nos vestimos para el rito, pero ya no sabemos qué estamos cruzando.

Y nuestros cuerpos sí necesitan cruzar. No solo la carne, sino el alma, la psique, la mente… ponle el nombre que soporte tu sistema de creencias. Necesitamos símbolos para comprender que algo cambió y el cuerpo necesita sentirlo. Por eso un anillo es más que metal y una tumba es más que piedra. Las cosas adquieren peso porque les metemos significado.

Las ceremonias vuelven visible lo invisible y le dicen al cuerpo: “Hey, we… aquí y ahora, algo cambió”.

No habitamos solamente un mundo de objetos. Habitamos un mundo de significados. Una bandera es tela hasta que alguien muere por ella. El dinero es papel o números en una pantalla hasta que un planeta entero decide obedecerlos. Un apellido son sonidos hasta que carga siglos de orgullo, violencia, pertenencia o vergüenza. Somos animales capaces de enfermar por una historia y también de comenzar a sanar cuando esa historia cambia.

Y ahí entran los hongos. No como respuestas empaquetadas, sino como una interrupción. Como el amor. Como ese “rayo que te parte los huesos” del que hablaba Cortázar.

La ciencia está observando que la psilocibina puede volver temporalmente menos rígidos algunos patrones habituales de la mente. Redes relacionadas con la construcción del yo, la narración autobiográfica y la repetición de pensamientos pueden reorganizarse durante la experiencia. Quitándome la bata blanca para decirlo más sencillo: la mente deja de caminar por un rato sobre los mismos pi**hes caminos de siempre. Eso no garantiza que encuentre un mejor destino, pero puede permitirle descubrir que existían otros caminos.

La depresión, la ansiedad, el trauma y algunas formas de adicción pueden convertirse en sistemas cerrados de pensamiento. Historias que se repiten hasta sentirse como leyes naturales: soy esto, siempre seré esto, nada puede cambiar, no tengo salida, este dolor es mi identidad.

Los hongos no necesariamente borran esas historias, pero pueden aflojar, durante unas horas, la fuerza con la que les creemos. Por eso existen investigaciones clínicas sobre el uso de la psilocibina frente a ciertos cuadros de depresión, sufrimiento existencial y patrones problemáticos de consumo. Algunos resultados han sido prometedores, especialmente cuando la experiencia ocurre con preparación, acompañamiento e integración.

La ciencia ha tenido que reconocer algo que las culturas rituales sabían desde hace muchísimo tiempo: el contexto no es decoración. El contexto forma parte de la experiencia. Set and setting, le llaman ahora pa'que suene más nais.

El ritual no controla al hongo. Le da cauce, lenguaje y una estructura para que lo vivido no quede flotando como una colección de imágenes extrañas, sino que pueda convertirse lentamente en significado. El fuego, el canto, la noche, el silencio, los símbolos y la presencia de otras personas son tecnologías humanas para sostener aquello que no puede tocarse con las manos.

La ciencia puede observar qué cambia en el cerebro cuando alguien recuerda a su abuela mu**ta, pero no puede reducir a una gráfica el instante en que esa persona siente que por fin pudo despedirse.

Vivimos en un mundo donde hay muchísima comunicación y muy poca comunión. Hay aplicaciones para medir el sueño, los pasos, las calorías y hasta el tiempo que pasamos meditando, pero pocos lugares donde alguien pueda decir “estoy cambiando, estoy asustado, ya no sé quién soy” y ser acompañado sin que intenten arreglarlo inmediatamente.

La gente no está volviendo a las ceremonias solamente porque estén de moda. Está volviendo porque ya no vive dentro de ningún rito y la normalidad se volvió un poco inhabitable.

Entonces un humanito se sienta frente al fuego. Respira de otra manera. Entra al calor. Toma un hongo. Tiembla, vomita, llora, se ríe, recuerda su infancia, mira su miedo, vuelve al cuerpo y, por unas horas, deja de actuar. Y dice: “No mames, esto me cambió la vida”.

Y sí. Tal vez sí. Ojalá que sí. Pero quizá no porque haya descubierto un secreto cósmico reservado para los elegidos. Tal vez fue porque, durante unas horas, dejó de interpretar el papel que llevaba toda la vida representando. Y dejar de actuar también puede ser una revelación.

Los hongos no nos dan espiritualidad. Quizá solamente retiran por un momento algunas de las cosas que estorban para percibirla. Aflojan el ruido, la identidad y esa voz que necesita explicarlo todo antes de permitirnos sentirlo.

Y mira que no siempre muestran algo bonito. No son un coach motivacional. A veces te llevan directamente al sótano que llevas años cerrando. Te muestran el duelo que convertiste en productividad, el miedo que disfrazaste de prudencia, el control que llamaste amor y el dolor que terminaste confundiendo con tu personalidad.

Los hongos revelan preguntas imposibles de ignorar... ¿Qué dolor lleva años pidiendo duelo mientras tú le sigues dando trabajo? ¿Cuánto de lo que llamas identidad es una estrategia de supervivencia? ¿Quién serías si dejaras de contar la historia que te explica?

Y eso sí... los honguitos pueden mostrarte la puerta, pero no pueden cruzarla por ti. No renuncian a tu trabajo. No terminan tu relación. No piden perdón. No cambian tus hábitos ni sostienen las conversaciones incómodas que una vida más honesta exige. La ceremonia abre y la vida cotidiana integra.

Por eso no necesitamos solamente experiencias fuertes. Necesitamos tiempo, comunidad, testigos, conversación, silencio y responsabilidad. Necesitamos volver a mirar a quien atraviesa un umbral y decirle "veo lo que dejaste atrás, veo en qué estás intentando convertirte y no tienes que cruzar completamente solo".

Aquí andamos todos. No estamos regresando intactos a lo ancestral. Llegamos modernos, ansiosos, un poco rotos y con hambre de pertenecer a algo que no sea una marca. Estamos construyendo un puente torcido entre mundos... cuerpos modernos intentando recordar el misterio sin fingir que pertenecen a otro tiempo.

No vamos a ceremonia para escapar de la realidad ni porque estemos rotos. Aunque lo estemos. Vamos porque esta realidad necesita luz, calor, tiempo, símbolos, testigos e historias. Vamos porque estar vivos también necesita ritual.

Si hace un tiempito que me lees, ya sabrás que además de hacer marcas, tengo mi trabajo con ceremonias como estas... Te cuento que el próximo 29 de agosto, en Mata de Uva, Veracruz, muy cerquita de Boca del Río, volveremos a reunirnos para atravesar una noche de temazcal, hongos, fuego, silencio y amanecer.

No puedo prometerte que vas a encontrar todas las respuestas... Pero quizá puedas encontrarte con la pregunta que llevas demasiado tiempo evitando.

Si algo dentro de ti reconoció este llamado, envíame un mensaje a mi WhatsApp personal y te comparto toda la información: https://wa.me/525549553685

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