15/07/2026
Estamos criando desde la herida, incluso cuando creemos que estamos rompiendo el ciclo.
(no es ahuevo, pero es muy probable)
En casa, la crianza es probablemente el tema que más discusiones provoca en pareja. Tenemos perspectivas distintas, umbrales distintos, historias distintas y maneras muy diferentes de interpretar lo que está ocurriendo frente a nosotros. Así que, como pueden imaginar, es la receta perfecta para el pleito constante.
Y bueno... no siempre somos dos adultos perfectamente funcionales buscando, con serenidad y madurez, la mejor solución para el niño. A veces somos dos personas cansadas, defendiendo su postura, sintiéndose cuestionadas, reaccionando desde su propia infancia y tratando de tener razón. A veces logramos escucharnos. Otras veces la conversación se convierte en otra cosa y perdemos de vista lo que se supone que estábamos intentando cuidar.
A mí este tema me importa especialmente porque sigo considerándome, en muchos sentidos, un niño-artista que sobrevivió a una crianza no tan respetuosa. Un morrito sensible, intenso, distraído, creativo, difícil de ordenar y quizá difícil de comprender dentro de un mundo que esperaba obediencia, disciplina y una forma mucho más predecible de habitar la vida. Muchas de las cosas que hoy reconozco como parte importante de mí, durante años se sintieron como fallas que había que corregir. De hecho, mucho de eso sigue ahí. Aún escucho esa voz que me dice: “Vales v***a, eres bien desordenado, huevón y sucio”. Pero hoy tengo herramientas pa’ mandarla alch y seguir con mi vida.
Tengo muy claro el padre que no quiero ser. Desde hace mucho. ¿Acaso no todos nos prometemos “no voy a ser así cuando sea padre” en algún momento de la vida?
Y cuando estoy sereno... quiero escuchar, acompañar, poner límites sin humillar, explicar sin aplastar y construir una relación basada en la confianza, no en el miedo. Quiero que mis hijos puedan existir sin sentir que deben reducirse para resultar cómodos.
Suena bien bonito hasta que ocurre algo. El límite se desafía por pi**hemil vez. La conversación no funciona. La respuesta me enciende. Llevo veinte minutos intentando explicar algo con paciencia y parece que al morro le vale v***a mi preciosísimo esfuerzo por comunicarme de forma respetuosa.
Entonces ya no responde únicamente el padre que quiero construir... responde también el niño que fui. Responde la frustración de no sentirme escuchado, el pi**he miedo a perder autoridad, el cansancio, la necesidad de controlar, las frases de papá que juré y perjuré que nunca repetiría y una rabia vieja que encuentra una situación perfecta para volver a manifestarse.
Luego pasa el momento, regreso un poco a mí y pienso: chingada madre, otra vez la cagué.
Hace poco Vania (mi esposa) me mandó a leer a Daniel Siegel. Y sí, bueno... tiene cosas muy chingonas sobre la manera en que nuestra propia historia sigue participando en la crianza, especialmente cuando no hemos conseguido comprenderla e integrarla.
Hay ideas que el cerebro entiende con bastante facilidad... que tu hijo no se despierta con ganas de llevar tu paciencia al límite, que sus acciones no son un ataque personal, que antes de esperar que el morro razone necesita regularse y que detrás de una explosión puede haber cansancio, miedo, hambre, frustración o una incapacidad para expresar lo que le está ocurriendo. El cerebro lo entiende. A veces...
Bajarlo a tierra cuando estás cansado, tienes prisa, te sientes desafiado y nada de lo que dices parece funcionar es oootra historia. Pero entrar en estos temas me ha obligado a preguntarme qué chingados ocurre realmente cuando criamos. Cuánto de lo que hacemos responde a la persona que tenemos enfrente y cuánto sigue siendo una conversación pendiente con nuestra propia infancia. Ahí dentro, detrás de nuestros ojos.
Hace poco leí una idea que me pegó durísimo: darle a tus hijos todo lo que a ti te faltó no necesariamente rompe la cadena, porque todavía les estás dando algo de acuerdo con tu necesidad, no con la suya.
“Mi hijo nunca pasará por lo que yo pasé.” La frase nace del amor, pero también de una promesa hecha antes de que ese hijo pudiera decirnos quién es.
Si a mí no me escucharon, yo siempre voy a escucharlo. Si crecí con carencias, procuraré que nunca le falte nada. Si me controlaron, le daré libertad. Si mis padres estuvieron ausentes, yo estaré presente en cada momento de su vida.
Parece una ruptura de esas viejas cadenas que nos unen al trauma. Y sin duda, a veces puede serlo. O al menos el inicio... Pero hacer lo contrario de nuestros padres no significa necesariamente que hayan dejado de participar en nuestra manera de criar.
La cadena puede cambiar de forma sin romperse. Quien vivió abandono puede transformar la presencia en vigilancia. Quien sufrió autoritarismo puede volverse incapaz de sostener un límite. Quien creció en la escasez puede cubrir una habitación de cosas sin reconocer una necesidad emocional. Quien nunca fue escuchado puede confundir escuchar con conceder. Quien fue humillado por equivocarse puede intentar evitarle a su hijo cualquier encuentro con la frustración.
La herida no siempre se repite imitando. También puede repetirse construyendo toda nuestra identidad alrededor de evitarla, y eso es bastante más silencioso. Podemos pasar la vida haciendo exactamente lo contrario de nuestros padres y seguir reaccionando frente a ellos.
Y además... nuestros hijos no son los niños que fuimos. Tal vez nosotros necesitábamos más libertad y ellos necesitan estructura. Tal vez soñábamos con padres que nos preguntaran todo acerca de lo que sentíamos y ellos necesitan guardar algunas cosas para sí mismos. Tal vez deseábamos que alguien eliminara algunos obstáculos y ellos necesitan descubrir que pueden atravesar una dificultad. Aquello que habría significado salvación en nuestra historia puede no tener el mismo sentido en la suya. Incluso puede sentirse como una imposición.
Todos llegamos heridos y un tanto rotos a la crianza. Eso no es un problema... El p**o es confundir esas heridas con instrucciones.
Desde el psicoanálisis se ha hablado durante mucho tiempo de la manera en que los padres depositamos en nuestros hijos deseos, temores, expectativas y futuros imaginados. Queremos que alcancen lo que nosotros no alcanzamos, que eviten aquello que nos destruyó o, en casos más jodidos, que continúen nuestro apellido, nuestras creencias, nuestros proyectos o la vida que nosotros no pudimos vivir. Incluso podemos convertirlos en evidencia de nuestra propia evolución.
Antes se esperaba que el hijo fuera obediente para demostrar que había sido bien educado. Ahora podemos esperar que sea seguro, autónomo, emocionalmente inteligente, cercano a nosotros y capaz de hablar de todo para confirmar que nosotros sí practicamos una crianza distinta. La exigencia cambia de lenguaje, pero si no nos ponemos al tiro, nuestros hijos pueden seguir cargando con la tarea de hacernos sentir que lo hicimos bien.
Bueno, pero... ¿qué ocurre cuando tiene ansiedad, miente, se cierra, se aleja, rechaza nuestros consejos o nos dice que también nosotros lo lastimamos? ¿Qué hacemos cuando no parece feliz después de haberle dado todo aquello que juramos que a nosotros nos habría hecho felices? Y uno dice: “No mames... ¿cómo puede sentirse así si yo hice todo diferente? Ya hubiese querido yo tener todo eso”.
Pues porque nuestros hijos no son nosotros. Simple. Y eso no demuestra que toda nuestra crianza haya fracasado... demuestra que siempre fueron personas distintas.
También por eso idealizar a un hijo puede ser otra forma de no mirarlo. Decirle que es el más inteligente, el más fuerte, el más sensible o que puede lograr cualquier cosa parece un regalo, pero puede convertirse en una encomienda. Los niños y niñas aprenden muy pronto qué versión de sí mismos ilumina los ojos de sus padres.
El vatito inteligente siente que no puede fallar. La morrita fuerte aprende a no pedir ayuda. Los humanitos independientes esconden sus necesidades y los sensibles temen decepcionar cuando descubren que también pueden ser crueles, egoístas o indiferentes.
Sin darnos cuenta, nuestros hijos comienzan a preguntarse qué necesitan ser para conservar nuestra admiración, nuestra tranquilidad o nuestro amor.
Ser visto no es lo mismo que ser idealizado. Ser visto significa ser reconocido como alguien separado de nosotros.
Y ahí es donde la versión superficial y malentendida de la crianza respetuosa también me queda a deber. Respetar a un niño no significa colocar cada deseo suyo en el centro de la familia. Validar una emoción no obliga a permitir cualquier conducta. Escucharlo no significa entregarle decisiones que todavía no tiene la capacidad de sostener. Evitar la humillación no implica eliminar toda incomodidad.
Porque a veces, honestamente, al morro le vale madre que nombres la emoción, le ofrezcas alternativas y te pongas a su altura para verlo a los ojos. A veces sencillamente quiere lo que quiere y, cuando no lo obtiene, se encabrona. Chingadamadre, ¿qué no nos pasa también eso a nosotros, que ya andamos más cerca del descanso eterno que de la niñez? Eso también es parte de crecer.
Acompañar una frustración no consiste en desaparecer aquello que la produce. La crianza respetuosa no tendría que eliminar la autoridad, sino separarla de la violencia, el miedo y la humillación. No es que la propuesta valga v***a. Muchas veces lo que falla es el entendimiento superficial de lo que significa respetar a un niño.
El verdadero p**o es aprender a sostener el límite sin descargar la herida. Distinguir cuándo estoy guiando y cuándo necesito controlar porque así me criaron y repito eso aunque diga que no. Cuándo cedo porque comprendo y cuándo cedo porque prefiero evitarme el drama y no tolero su frustración. Cuándo acompaño su dolor y cuándo necesito que deje de sentirlo porque su emoción activa algo insoportable dentro de mí...
Si no nos acechamos, podemos confundir la crianza respetuosa con hacer todo lo contrario a lo que vivimos. Si nos apendejamos, podemos proyectar nuestras heridas y educar no desde lo que nuestros hijos necesitan, sino evitando todo aquello que a nosotros nos pareció malo o doloroso, aunque en su historia ni siquiera tenga sentido.
Hay cosas que uno comprende intelectualmente y tarda años en encarnar. Pa’ mí, la crianza está siendo eso. Puedo leer a Siegel, entender el funcionamiento del cerebro, hablar de apego, regulación e integración, y después descubrir que mi cuerpo sigue respondiendo con herramientas mucho más antiguas... como engorilarme por cualquier ma**da.
Creo que es importante renunciar a la fantasía de convertirnos en padres perfectamente conscientes, regulados y capaces de responder siempre de la manera correcta. Esa perfección puede terminar siendo otra forma de ego. No existe una crianza sin proyecciones, frustraciones ni errores. Amar a un hijo no nos impide lastimarlo. Nuestras buenas intenciones tampoco definen por completo la experiencia que él tendrá de nosotros. Y cuando digo renunciar no me refiero a abandonar el estudio y el crecimiento, sino a relajarnos un chingo con la búsqueda de perfección.
Quizá lo importante no sea prometer que jamás vamos a hacer daño, sino aprender a reconocer cuándo lo hacemos, escuchar su experiencia, reparar y aceptar que nuestra versión de los hechos no es la única. Un hijo no vino a continuar nuestra obra, reparar nuestra infancia, justificar nuestros sacrificios ni demostrar que logramos sanar el linaje. Pobres morros: todavía no les rompen el corazón y ya queremos ponerles encima la misión de sanar generaciones enteras.
Podemos cuidar las condiciones en las que una persona crece, pero no decidir de antemano la forma que debe tomar. Nuestros hijos tienen un ritmo, una voluntad y una dirección que no nos pertenecen. Pueden ser profundamente amados y no compartir nuestras creencias, nuestros rituales, nuestros valores ni nuestra manera de entender la vida. Pueden abandonar el camino que imaginamos, cuestionar las historias familiares que considerábamos sagradas y elegir algo que no alcanzamos a comprender.
Acompañar una vida no es diseñarla. Romper el ciclo no es fabricar para ellos la infancia que habríamos querido... es evitar, tanto como podamos, que aquello que nos faltó decida por completo lo que ellos deben recibir. No se trata de convencerlos de que son perfectos ni de protegerlos de toda herida. Se trata de hacerles saber que no necesitan ser perfectos para ser amados y de aprender a reparar aquellas heridas que inevitablemente también nosotros vamos a provocar.
Quizá la cadena comienza realmente a romperse cuando dejamos de criar al niño que todavía llevamos dentro y nos atrevemos, por fin, a conocer al que está frente a nosotros.