01/01/2025
Mamá Piuray.
En lo alto de los Andes peruanos, la laguna Piuray se extiende como un espejo azul que atrapa el alma del cielo. En la comunidad de Pucamarca, dentro del distrito de Chinchero, esta laguna no es solo un depósito de agua; es una madre viva, protectora y generosa, que con su profundidad insondable, no solo sacia la sed de la ciudad del Cusco, distante apenas 31 kilómetros, sino que también resguarda los secretos de un rito ancestral que clama por su vitalidad amenazada.
Aquella mañana, el sol despuntaba entre las montañas, iluminando a tres mujeres que emergieron de la humilde morada del Centro Cultural Textil Pumaqwasi. Sus trajes teñidos de rojo vibrante parecían encenderse bajo la luz andina, mientras sus sandalias acariciaban la tierra con pasos ligeros. En sus manos curtidas por años de labor textil, llevaban una canasta colmada de flores frescas. Sus mantas, tejidas con historias y colores, ocultaban ofrendas de hojas de coca, reliquias de una fe milenaria. También cargaban dos jarras de chicha de maíz, destinadas a calmar la sed de la Pacha Mama y la Mama Cocha, guardianas de la tierra y el agua.
El grave sonido del pututu, una co**ha de caracol marino, rompió el silencio como un eco ancestral. Sobre una manta, las mujeres extendieron las hojas de coca y, con cuidado, escogieron tres de las más grandes y perfectas. Con estas armaron el k’intu, una ofrenda que porta en sus entrañas deseos y plegarias, destinada a restablecer el vínculo sagrado entre la humanidad y la naturaleza.
Lideradas por Braulia Puma, las mujeres caminaron hacia la orilla de la laguna. Con movimientos ceremoniosos, depositaron la canasta de flores sobre el agua. Las flores comenzaron a flotar, sus colores vivos reflejados en el azul profundo de Piuray, como si la laguna aceptara cada pétalo como una palabra no dicha, un ruego implorado en silencio.
El ritmo del tambor se unió al murmullo de sus oraciones. Las tres mujeres, elevaron sus voces en un canto lleno de gratitud y esperanza. Cantaron por la laguna, por sus hijos, por un futuro en el que Piuray siga siendo más que un reflejo azul en la memoria de los Andes.
Gracias
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