10/05/2024
ACECHO
Cada día, su silueta marca el comienzo de una danza silenciosa, un juego de miradas y suspiros que se cortan con el filo de la distancia. Allí está él, asomándose en la esquina contraria, tan constante como el latido olvidado que resuena en el pecho cuando la vida sigue su curso sin pausa.
Me he acostumbrado tanto a su presencia furtiva que su ausencia se siente como un cuadro descolgado, una melodía inconclusa. A veces, me atrevo a observarlo desde la tranquilidad engañosa de mi ventana, donde el único testigo es el viento. Cómplice, el viento juega entre nosotros, y me trae su esencia en ráfagas que irrumpen con la sutileza de un susurro. El aroma que transporta es la quintaesencia de lo inesperado, un azar que se viste con la certeza de un encuentro fortuito, de un café que espera por labios que anhelan su calidez.
En mi intento por guardar distancia, por redefinir esta conexión invisible, he probado llamarlo de mil maneras distintas. He pintado en mi mente un arcoíris de colores con la esperanza de que alguno le quede bien, de que quizás, en la nueva tonalidad, pueda renombrarlo y entenderlo mejor.
Pero él, terco como el primer rayo de sol que insiste en despertar al mundo, rechaza cada nuevo bautizo, cada matiz diferente. Él solo insiste en llevar un nombre que, aun cuando trato de esquivarlo, resuena con la verdad inquebrantable de los hechos consumados. Él insiste, en cada gesto y en cada guiño casual, que no es más que 'amor'. Un amor que no pide permiso, que se instala con la irreverencia de lo que es auténtico y verdadero.
Quizás es tiempo de aceptar que, independientemente de cómo decida llamarlo o de los colores con que intente cubrirlo, siempre será eso, amor en su forma más pura y desafiante. Y tal vez, solo tal vez, aceptar esto sea el comienzo de un nuevo capítulo, de una historia escrita bajo el título inmutable del sentimiento más universal y esquivo de todos.