04/02/2025
“El espejo no refleja el pasado, pero la fotografía lo sostiene.”
Verano de 2006. El calor denso se colaba por la ventana, impregnando el aire de una quietud casi irreal. No hay brisa en esta imagen, ni sonido, solo el eco de un instante detenido en el tiempo. Tomé esta foto sin pensar demasiado, sin imaginar que, años después, volvería buscando respuestas que no sabía que había dejado ahí.
La fotografía, dice Philippe Dubois, no es un espejo fiel de la realidad. Es un fragmento, una interpretación, un intento de retener lo que por naturaleza está destinado a desaparecer. En este autorretrato hay más ausencia que presencia. La cámara en mis manos pesa menos que el dolor que la rodea.
El verano de 2006 también fue el verano de las pérdidas. Seres queridos que se fueron y dejaron vacíos imposibles de llenar, ausencias que se filtran incluso en lo que permanece visible. Y entonces la cámara se convirtió en un refugio. No para capturar lo que estaba ahí, sino para dialogar con lo que ya no está. Cada disparo, un intento de detener el tiempo. Cada imagen, un acto de resistencia contra el olvido.
Barthes, en La cámara lúcida, habla del punctum, ese detalle inesperado que atraviesa la imagen y nos hiere, nos sacude. En esta fotografía, el punctum no es un objeto, ni un gesto, sino el vacío mismo: lo que falta, lo que ya no está y, sin embargo, se siente. La imagen que veo reflejada no es solo la mía; es la de alguien que aprendía a sostener el duelo sin palabras, que buscaba en la luz y la sombra una forma de comprender la ausencia.
La fotografía no consuela, pero permite mirar de nuevo, repensar lo vivido, encontrar en el encuadre lo que la memoria a veces difumina. Tal vez por eso hoy estoy volviendo a esta imagen. No para verme a mí misma, sino para encontrar lo que quedó atrapado en ese instante: el calor del verano, el eco de las voces que ya no están, y el peso invisible de lo que nunca se dice.