Rochi Foto

Rochi Foto F O T O G R A F I A . Me encanta mirar fotos desde que era chiquita. Cuando cumplí 15 años, no quise una gran fiesta ni un viaje. Disfruto todo el proceso!

En mi familia, teníamos álbumes llenos de recuerdos de diferentes momentos de la vida, y me pasaba horas mirándolos (aún lo hago). Todo lo que pedí fue mi propia cámara de fotos. Todavía me acuerdo lo emocionada que estaba cuando la recibí. Desde siempre, lo que más amo es sacar fotos. Me encanta capturar momentos espontáneos y emociones que la gente ni siquiera sabe que está mostrando. Y después,

pasar horas editándolas en mi compu hasta que queden perfectas. Mi cámara se llama Juana. Me inspiró un personaje de un libro que leí varias veces. Juana es una mujer fuerte y valiente, una apasionada pionera que fue revolucionaria en su época y que mostró la fuerza de la mujer en cada aspecto de su vida. No importa el modelo de cámara que utilice en el futuro, Juana siempre será mi compañera de aventuras. Le di ese nombre como un homenaje a una mujer que luchó por ser fiel a sí misma, al igual que yo espero hacerlo con cada foto que hago. Soy Rocío Arrozpide, mis amigos me dicen Rochi 🪄. Hacer fotos es mi pasión, especialmente cuando puedo capturar esos momentos espontáneos, cuando las personas se olvidan de la cámara y simplemente viven el momento. Para mí, esas son las fotos más auténticas, las que cuentan la v e r d a d .

La gente tarda en darse cuenta de una mentira exactamente lo mismo que tarda en dejar de necesitar que sea verdad.      ...
28/11/2025

La gente tarda en darse cuenta de una mentira exactamente lo mismo que tarda en dejar de necesitar que sea verdad.

El sol ya no quemaba. Era un calor manso que se te pegaba a la piel con la humedad de la tarde. Y el olor... ¡Dios! Ese ...
14/11/2025

El sol ya no quemaba. Era un calor manso que se te pegaba a la piel con la humedad de la tarde. Y el olor... ¡Dios! Ese olor a barro mojado y a río te entra hasta los huesos. No sé, no me lo había dicho nadie, pero para mí, la brisa del Uruguay tiene otro olor. Olor a tiempo quieto.
Me quedé mirando la nada, el agua... Y un pibe pasó caminando por la costanera. Remera gastada de Iron Maiden, un pucho colgándole del labio. Me miró de reojo.
—Qué atardecer, ¿no? —tiró, sin cortar la marcha.
Levanté un poco los hombros. No sabía qué decirle, pero igual le sonreí. Porque sí, era un atardecer cualquiera, hermoso, como tantos otros. Para mí, sin embargo, era EL atardecer.
Cerré un toque los ojos. Tres años atrás, la única luz que conocía era una franja miserable que se colaba por la persiana cerrada de mi habitación. Allá, en La Plata. Ahí estaba yo, metida en la oscuridad, con el corazón roto y la garganta que no me dejaba pasar ni el aire. Lloraba con esa desesperación de telenovela que te convence de que todo se hizo mi**da y no hay vuelta. La pena me pesaba toneladas, un ancla pesadísima: un ahogo feo, con ese olor a humedad de encierro.
Dejé atrás la oscuridad. Abrí los ojos y miré el cielo, el naranja vivo, el río que seguía quieto. No, definitivamente no era un atardecer cualquiera. Tres años y ahora estaba acá, parada en esta orilla, en mi propia casa, sintiendo el calor del sol. La felicidad no me cabía. Me desbordaba. Como el río cuando crece. Ya no tenía el n**o en la garganta, sino el olor a Entre Ríos metido en la nariz.
El pibe de Iron Maiden ya iba lejos, doblando la esquina de la costanera, y me dieron ganas de responderle.
—¡Sí, flaco! —grité, aunque sabía que ya no me oía—. ¡Es un atardecer hermoso! ¡Y mirá la luz que tiene, es increíble!
Y empecé a caminar de vuelta a casa. La luz no era solo hermosa; era mía. De verdad.
🌅

Mañana, en teoría, me dan la llave de mi casa. No es un alquiler, no es un lugar que tengo que devolver, es la mía. El p...
01/11/2025

Mañana, en teoría, me dan la llave de mi casa. No es un alquiler, no es un lugar que tengo que devolver, es la mía. El pecho se me infla de pura euforia, pero ahí estoy, en medio del departamento, a las once y media de la noche, rodeada de cajas vacías apiladas que me miran con reproche.
—Dale, Rochi, movete —me digo, pero la voz me sale más a ruego que a orden.
Bajo la mirada y agarro una bolsa de residuos negra, con la intención de empezar por "algo fácil", como la ropa de invierno. Pero claro, mi método no es el método. Apenas meto la mano en el fondo del placard y siento el tacto de algo duro y liso. Lo s**o, curiosa. No es un pullover, sino esa pila de fotos viejas, con bordes desgastados. Ahí está el problema. Mi adicción a la procrastinación siempre tiene un cómplice.
Me siento en el piso con las piernas cruzadas y las pongo bajo la luz del velador. Son imágenes de una felicidad tan concreta, tan de ese momento, que siento el sol en la cara otra vez.
Tres años. Tres años hará desde que junté mis cosas y me vine a Colón. Tres años de goteras, broncas por la mala ventilación, pero también de cenas mirando el río y mañanas con sol en el patiecito. Este departamento, que ahora parece más un depósito que un hogar, fue mi trinchera y mi pista de baile.
Y pensar que mañana, si todo sale bien, le digo chau a todo eso. El estómago me da un vuelco de entusiasmo.
Adiós alquiler, hola libertad. Me imagino la casa nueva, pintando esa pared que dé al patio de un color que potencie la luz, ordenando los libros en la estantería que ya tengo pensada.
Vuelvo a mirar las fotos. Me recuerdan que los mejores momentos son el único equipaje que vale la pena cargar. Suelto la pila, me levanto de golpe y me doy dos palmadas.
—Bueno, Rocío, ya está la dosis de nostalgia. ¡Mañana es tarde! A guardar —le digo a la caja de cartón más cercana.
Y ahí voy, con las fotos en el bolsillo y la sonrisa prendida. Pero en lugar de empezar por la ropa, agarro el secador de pelo. Qué sé yo, supongo que el pelo mojado en la casa nueva no es una opción.

—Dale, dale, que te va a ir bárbaro. Solo tenés que subir una foto por día, ¡es re fácil! —La voz aguda de Barbi se me m...
21/10/2025

—Dale, dale, que te va a ir bárbaro. Solo tenés que subir una foto por día, ¡es re fácil! —La voz aguda de Barbi se me metió por el auricular, taladrándome.
Yo estaba tirada casi encima del escritorio, con la compu suspendida y la cabeza más pesada que el plomo. El celular que sostenía en mi mano vibraba con notificaciones que me daban cero ganas de mirar.
—No, Barbi, ya te dije que no —resoplé, dándole un trago a mi mate, que ya estaba lavadísimo—. Es que no es solo la foto, ¿entendés? Es el reel, la story y el hashtag. Todo lo que hay que usar para que el algoritmo no me ignore...
Escuché su suspiro del otro lado, ese de "no te entiendo, amiga". Yo la veía a ella, tan suelta, tan de subir veinte historias al día con la cara de su perro y diez mil likes. Yo no, yo solo quería sacar fotos: de la luz, de una sombra rara, de la gente caminando. Fotos que se sintieran.
—Mirá, Rochi —me interrumpió con un tono más firme—. Si vos no te hacés viral, no existís. Es así, es la regla. Si no, tenés que ir a un curso de Community Manager, que es gente que sí sabe de eso.
Casi escupo el mate.
—¿Community Manager? —pregunté, sintiendo un n**o en el estómago—. ¿No podemos decir "administrador de redes", che? ¿Todo tiene que ser términos en inglés que no sé pronunciar? Y no, no quiero ser eso. Yo no quiero manejar comunidades, quiero sacar fotos.
Me levanté, arrastrando los pies hasta la ventana. La tarde estaba gris, con esa luz difusa que tanto me gustaba. Apoyé la frente en el vidrio frío.
—Me embola, boluda. Me embola esta vida de Instagram. Es todo de mentira, todo por el like. Yo lo único que quiero es que una foto me hable al oído, no que me grite en la cara para que la miren tres segundos.
Al final, corté sin decirle chau. Dejé el celular boca abajo, como si pudiera ahogar el ruido. Agarré mi cámara y salí a la calle. No saqué ninguna foto pensando en subirla. Solo caminé, buscando esa luz gris y difusa.
Cuando saqué esta foto, sentí ese alivio chiquito. Ahí estaba yo. Y no había un solo like en kilómetros.

PD: Y acá estoy, subiéndola a Instagram. En fin, ¡la hipocresía!

Cada vez que miro una foto, veo un pedacito de mi corazón ♥️. Hoy celebro mi mirada, esa que se forma y se perfecciona a...
21/09/2025

Cada vez que miro una foto, veo un pedacito de mi corazón ♥️. Hoy celebro mi mirada, esa que se forma y se perfecciona a través de mi lente. Mi cámara y yo somos una al contar historias.
Feliz día a todxs los que se entregan a este arte 📷!

Luz me miró por el rabillo del ojo, con ese pelo de rulos revueltos que le tapaba la mitad de la cara, como si le diera ...
18/09/2025

Luz me miró por el rabillo del ojo, con ese pelo de rulos revueltos que le tapaba la mitad de la cara, como si le diera un poco de vergüenza. Apretó a su Pikachu contra el suéter de lana que le había tejido la mamá y me susurró: —¿Vos te imaginás ser grande?
Miré al peluche, con su boca sonriente, los cachetes colorados y los ojos negros, enormes. Parecía que Pikachu me miraba fijo y me preguntaba lo mismo.
—¿Ser grande para qué? —le pregunté.
—Para no ir más a la escuela —me dijo, y soltó una carcajada. Después se puso seria de nuevo y, con una voz más grave, me soltó el golpe: —Ser grande para tener plata.
Ahí se me apretó el corazón. Yo no me la imaginaba grande, con esa carita de niña y la inocencia en cada palabra. No quería que creciera y tuviera preocupaciones de grandes, de esas que te arrugan el alma. Abrazó más fuerte a su peluche de Pikachu y me preguntó: —¿Vos querés ser grande, no?
Yo me quedé en silencio, mirándola a los ojos. Mirando esos rulos, esa curiosidad que me hacía acordar a la mía de chica. Y, sin pensarlo, le dije lo que mi abuela siempre me decía a mí:
—Ser grande, Luz, es un embole.

La cara de Cata era un desastre de crema rosa. Los ojos chinos de la risa y yo pensé: Ahí está, la única manera correcta...
14/09/2025

La cara de Cata era un desastre de crema rosa. Los ojos chinos de la risa y yo pensé: Ahí está, la única manera correcta de comer torta de cumple.

El portón de hierro forjado estaba flanqueado por dos pilares de ladrillo: uno decía “Villa”, el otro “Cecilia”. La prim...
12/09/2025

El portón de hierro forjado estaba flanqueado por dos pilares de ladrillo: uno decía “Villa”, el otro “Cecilia”. La primera vez que lo vio, el sol de la tarde le daba de lleno a la chapa oxidada del techo y supo que a esa casa las historias le colgaban de los aleros. Se sentían en el aire, en el olor a madera vieja, en la forma en que las ventanas contaban el paso del tiempo. No sabía nada de ella, solo el nombre. Villa Cecilia. Un nombre de mujer que sonaba a refugio. Se la imaginaba con un delantal floreado, regando los helechos de la galería mientras les susurraba secretos a sus plantas.
Pensaba en esa casa como un faro, un lugar al que regresaba en su imaginación cuando se sentía sola, como si verla de lejos la cobijara. La idea de Cecilia y su vida simple le daba paz.
Después de tanto buscar, la oportunidad apareció casi de la nada. Fue una de esas casualidades que no parecen casuales: un mensaje de texto perdido que le llegó un mediodía, un número de teléfono anotado en un papel arrugado. La casa no era una postal, ni tampoco tenía ese aire de cuento de hadas. Era una casita modesta, con su porche un poco inclinado y un jardín amplio.
Pero de pronto, la vio de verdad.
Vio la forma en que el sol se filtraba entre los árboles, pintando las paredes de un amarillo cálido. Vio el largo jardín con el pasto crecido, que pedía a gritos unas macetas con flores. Y se dio cuenta de que la casa de Villa Cecilia no era el destino, sino el mapa que le había regalado la vida. Un mapa que la guió a su lugar. Un lugar que ya venía con sus propias historias, a las que ahora se sumarían las suyas, escritas en cada rincón, en cada pared. Un lugar donde los helechos y los secretos también vivirían.

Decían que si te sentabas justo abajo, con las piernas cruzadas y la cabeza medio inclinada, podías escuchar cosas.Que l...
07/08/2025

Decían que si te sentabas justo abajo, con las piernas cruzadas y la cabeza medio inclinada, podías escuchar cosas.
Que la ventana hablaba bajito, pero claro.
Que contaba historias de lo que pasaba del otro lado:
una siesta compartida,
una risa desordenada,
una galletita robada antes de cenar.
A veces también se escuchaban gritos.
Y discusiones chiquitas.
Y alguien que decía “¡ya voy!” y nunca iba.
Nada extraordinario.
Pero se notaba que esa esquina seguía sintiéndose casa, aunque ya no lo fuera.
A una de esas casas donde siempre hay una zapatilla fuera de lugar,
y una sombra que se mueve rápido por el pasillo.

Hay semanas que pasan rápido. Y otras que son una maratón en patas, con viento en contra y una mochila llena de piedras....
11/07/2025

Hay semanas que pasan rápido. Y otras que son una maratón en patas, con viento en contra y una mochila llena de piedras.
Pero el viernes… El viernes llega con olor a entrega. A rendición. A ese momento en que decidís que por ahora no vas a hacer nada que te pese. Y ni siquiera te sentís culpable. Te sentís heroica.
El viernes es cuando te acordás que tenés medias con dibujitos, que el almuerzo puede ser un alfajor chocolatoso, y que está totalmente permitido desaparecer un rato sin avisar. Como Anabella. Como los magos. Como los que ya cumplieron.
Hoy es viernes. Y no pienso explicar nada.

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