22/08/2026
¡CUIDADO... MAJANES!
Relato
Verano de 1975. Los campos formoseños eran todavía mayoritariamente fiscales. En claro proceso de privatización. Los ganaderos, normalmente los que poseen mayor extensión, los más apurados en obtener sus títulos definitivos, emprendían los trabajos que la entonces Dirección de Tierras Fiscales les imponía.
Lo más necesario y urgente era la mensura para saber hasta dónde llegan sus posesiones, poder alambrarlas y realizar cualquier mejora, como chacras, represas, pozos, agua, molinos, etc., dentro de la propiedad. Se han realizado mejoras fuera del predio por no cumplir con este requisito. Esto originó problemas importantes a los involucrados.
Don Miguel Albornoz era uno de los adjudicatarios. Digo era porque fue hace ya largos años y no por otra causa.
Ocupaba un campo de más de doce mil hectáreas de las cuales le adjudicaron en propiedad unas seis mil seiscientas que había que delimitar y amojonar. Para este trabajo me contrató.
Está ubicado en el centro-oeste de la provincia, al norte de la localidad de Estanislao del Campo. El ochenta por ciento está cubierto por monte, destacándose el alto sobre los albardones de los riachos que lo cruzan, como son el Tatú Piré, el Pavao y principalmente el Porteño, los cuales contribuían a mantener una humedad óptima que le otorgaba condiciones muy buenas para la cría de ganado. Don Miguel se dedicaba exclusivamente a esto. Más de cinco mil cabezas pastaban en los esteros y playas, llamadas así por los lugareños a apreciables extensiones de praderas rodeadas de los mencionados montes.
Para deslindar hacíamos picadas de un metro de ancho, volteando todo ejemplar de la flora local.
Gran trabajo nos daban los colosales quebrachos, urundais, algarrobos, vistosos guayacanes, tortuosos itines, peligrosos palos borrachos, todos árboles grandes de hasta veinte metros de altura y gran espesor, que cansaban a los hacheros hasta la extenuación. Había ejemplares que demandaban hasta alrededor de dos horas de intenso trajín durante las cuales uno de los participantes, el hombre, se «dormía» —según expresión popular mientras el otro, el árbol se moría lentamente.
El personal era mayoritariamente formoseño, salpicado por algún chaqueño y algún correntino.
Trabajábamos desde el amanecer hasta las últimas luces del día. Cortábamos al mediodía una o dos horas, tiempo que utilizábamos para almorzar y sestear un rato. Como en esta zona abunda el monte y no la selva, significa que para guarecernos del sol y dormitar nos debíamos acostar bajo la sombra del tronco. Como éste no era muy grueso —para sombra, no para hacharlo— había que rotar acompañando el movimiento del sol.
Uno se acostumbra enseguida. El monte, a diferencia de la selva, tiene árboles con hojas pequeñas y carece de enredaderas y lianas en general, y por ende, los rayos solares penetran formando pequeños haces de luces, llamativas, sí, pero molestas a la hora de la siesta.
El trabajo, no sólo por lo rudo en sí, sino también por lo extenso en tiempo, era agotador para todos, menos para Cabalín, el correntino, bautizado así por los compañeros que se inspiraron en su gran obsesión por cazar un jabalí. Ellos, en su jerga popular local, llaman “cabalín” al jabalí, “majan” o “chancho del monte”. En Formosa, mayoritariamente, existen dos especies. Versados en el tema aseguran que hay seis en total.
Cabalín se levantaba todos los días una hora antes que los demás y salía a cazar. Lo mismo hacía a la noche. Nunca traía algo.
Una mañana, alrededor de las once y media, hicimos un pequeño alto en el trabajo; estábamos tomando tereré -mate frío-, cuando noté que los peones se quedaron tiesos, con el oído atento. Al repetirse esto, les pregunté qué pasaba.
-Me parece que el bicho –por el tigre- anda cerca, me dijo uno.
Acostumbrado a que la gente de campo trate de atemorizarme, no les creí y les contesté con una broma.
Al rato, terminado el tereré, cada uno de ellos se distribuyó a lo largo de la picada para realizar distintas actividades. Unos, a recoger jalones, otros, a buscar agua, sus herramientas, etc. Cabalín y Ramón fueron a la punta de la picada a continuarla. Yo estaba a unos veinte metros en el cruce con un senderito por donde accedíamos al campamento situado a unos ochocientos metros cerca de una aguada. El tipo de monte que cruzábamos era más bien bajo, achaparrado, muy tupido y con algunos árboles altos. Monte de palo azul. En la punta, había un árbol de unos cinco metros de alto.
Cuando los miré, alertado por no escucharlos trabajar, vi que estaban atentos a algo y segundos después me llamaron.
-Escuche- dijo Cabalín.
Paré la oreja y oí un ruido, -tum-tum-tum., que se trasladaba en sentido perpendicular a la picada.
-¿Qué es? -pregunté.
-Es el tamborero que guía a la piara –me contestó Cabalín.
-Andá a cazar uno –ordené y él, presto, partió con mi escopeta.
Me quedé con Ramón junto al árbol de la punta de la picada y con mi perra, una cocker spaniel que me acompañaba a todos mis trabajos. Le pregunté a Ramón si no había peligro de que los chanchos vinieran hacia nosotros. Él me dijo que era muy difícil. Por si acaso, le recomendé que de ocurrir, levantara a mi perra hasta la copa del árbol, pues los majanes podrían matarla. Aseguró que así lo haría.
Terminamos esta conversación, cuando sonó un tiro. Casi de inmediato, un ruido fuerte y peculiar, ramas rotas, corridas, todo en segundos. Al darme cuenta, Ramón ya estaba en lo más alto del árbol y la perra en el suelo.
Enseguida reaccioné, se la pasé y subí también. Justo a tiempo. Quince a veinte majanes pasaron atropellando todo lo que obstaculizaba su paso.
Sonó otro tiro y otra tanda cruzó casi alcanzando a uno de los peones que, de un gran salto, alcanzó a agarrarse a una rama. Tania, mi perrita ladraba desaforadamente e intentaba bajarse; por suerte, Ramón lo evitó decididamente. Los majanes la hubieran matado y aparte se hubieran “empacado”, situación en que se vuelven muy peligrosos.
Minutos después todo pasó y apareció Cabalín lo más orondo pidiendo ayuda para faenar a dos que había cazado.-
¿Qué pasó? El muy tonto interpuso a los majanes entre él y nosotros. Estos al huir, enfilaron hacia donde estábamos ubicados.
Todo terminó con una gran comilona con relatos de cada experiencia vivida.
“Se dormía”, expresión local, se refiere a que el hachero monotoniza su trabajo cuando el árbol le da... trabajo.
Majanes: chancho del monte, pecarí labiado.
Libro: Más allá del Bermejo en formato PDF
Autor: Carlos F. Arnedo