22/07/2026
SABANA DEL VIEJO RÍO
Relato
En nuestro constante interés de relevar cada rincón de la provincia de Formosa y luego de navegar el río Monte Lindo Grande, el bañado La Estrella y el río Pilcomayo en anteriores, decidimos cambiar de transporte y experimentar algo diferente. Adentrarnos en los montes formoseños, pero a caballo.
Nos pusimos en campaña y nos contactamos con Julio Silvera, propietario de una pequeña hostería situado en un pueblo del norte muy pintoresco. Luego de unas cinco horas de marcha por la Ruta 86 que corre de este a oeste- pavimentada y paralela al río Pilcomayo-, se accede a General Belgrano (ex Cataneo Cué)
Durante el recorrido se observan paisajes diversos, naturales y modificados por el hombre. Extensos palmerales son solo interrumpidos por riachos y sus albardones adornados de abundante flora de las denominadas selvas en galería, de ancho variable que acompañan en casi todo su recorrido el curso de agua. También aparecen los bananales, luego de traspasar la ciudad de Clorinda, a la altura de un paraje conocido como Palma Sola.
Después, hacia el oeste se cruza la entrada del parque nacional Río Pilcomayo: en sus casi 50.000 hectáreas se encuentra una biodiversidad de fauna y flora sorprendente. Su fitogeografía se compone de selva en galería del Pilcomayo, de isletas de monte y sabanas con palmeras, esteros y lagunas.
Más adelante surge otro lugar turístico, Paí Curuzú, cuyo nombre alude a un cura franciscano que murió allí de sed a principios de siglo (1900). Existe un observatorio de monos construido en madera, que llega hasta la copa de los árboles circundantes. También un puente colgante y un parque con vegetación autóctona y alóctona, configurando un paisaje digno de contemplar y disfrutar. Siguiendo la ruta 86, pasamos por un lugar histórico, Misión Tacaaglé y finalmente se llega a General Belgrano.
Nos instalamos en la hostería y por la noche una torrencial lluvia se desató con bravura: truenos y relámpagos sonaban como bombazos, sembrando incógnitas sobre la salida a caballo que teníamos planeadas para la mañana siguiente. Finalmente, la partida se pudo concretar.
Pero recién fue posible a las cinco de la tarde, cuándo el peón de un campo vecino nos acercó los animales a paso lento. Por delante nos esperaban 45 largos kilómetros, bajo un cielo que se percibía amenazante de nuevas tormentas. Como guía nos acompañó el cabo de policía Valerio Segovia, hombre de muy buen humor y con amplio conocimiento de la zona. Antes de dejar esta villa de calles de tierra y frutales en los jardines y veredas, un rumor llegó a nuestros oídos: la presencia de un yaguareté, que se abría varios terneros en los últimos meses. Su cercanía latente infundía temor y las leyendas del mayor felino americano se removían en la mente de aquellos que conocieron su ferocidad de antaño. Unos diez kilómetros antes de arribar al puesto de una estancia en la que dormiríamos nos sorprendió la noche bien cerrada. La luna, en cuarto menguante, no permitía ver ni a un metro de distancia.
Al principio cabalgábamos por una huella terraplenada. Fue trabajoso cruzar el riacho El Porteño por el puente de madera, pues el ruido de los cascos en la estructura asustaba a los caballos. Por este camino que conduce a la frontera con Paraguay, tras 55 kilómetros se arriba al paso del río Pilcomayo y a General Bruguez.
Tras cuatro horas y media de marcha con alrededor de 40 kilómetros recorridos, llegamos a la tranquera del campo dónde pernotaríamos. Tres kilómetros restaban hasta la casa y el recorrido nos llevó media hora. Íbamos en fila india, apenas separados unos de otros; el guía encabezando la marcha luego Andrés, Pablo y yo cerrando. Al comienzo, el camino muy angosto, prácticamente una picada, estaba bordeado de altos montes que ocasionaban una negrura total, pues ni el resplandor de las estrellas iluminaba nuestro tránsito. Cada tanto el reflejo de una mochila clara en la espalda de Pablo me servía de orientación.
Por fin llegamos a la casa, que se vislumbraba muy borrosa en un gran claro. Los perros fueron los primeros en recibirnos. No puedo asegurar en qué términos, pero arriba de un caballo y con el cansancio acumulado por horas de cabalgar, él temor- llamémoslo así- se opaca. Golpeamos varias veces hasta que el encargado se levantó y nos atendió, no sin antes de asegurarse quiénes éramos.
A partir de ese momento, la cordialidad del hombre de campo formoseño surgió, y tras dejar los caballos en un potrero y las monturas a resguardo, pasamos a la cocina, dónde la tertulia se alarga hasta que el sueño interrumpe.
El encargado Martínez, criollo de recia estampa, respondía al tipo de provinciano del oeste, que fuera colonizado por hombres provenientes de Salta y Santiago Del Estero, puso a nuestra disposición a un peón de la estancia, Marcelo Díaz, gran conocedor de la tierra, de los campos aledaños y en especial de las riveras del Pilcomayo, nuestro objetivo.
A la mañana siguiente, desayunamos con tortilla a la parrilla y mate cocido. Cantidad de pájaros posaban en los árboles que adornar la casa. Ya enjaezados los caballos y a provisionados para todo el día, partimos con la idea de cabalgar dentro de la estancia, porque era imposible trasponer los alambrados perimetrales.
Cruzamos así una limpiada y nos metimos a una picada que atravesaba un monte muy tupido, dónde era muy difícil andar a caballo. Allí vimos huellas de guazuncho (inclusive avistamos a uno que huyó raudo al descubrirnos), de chanchos del monte, de zorros y de coatíes que nos mantuvieron atentos y divertidos.
Al salir del monte y entrar en una sabana muy tupida de palmeras, los perros corrieron a un coatí, que inmediatamente trepó a un árbol. Dentro del palmeral, que estaba inundado, visualizamos diversas aves: tuyuyúes cuarteleros (un ave de las más grandes del país), patos picazos y especies menores.
Orillando el medio día llegamos al alambrado que separa las selvas de ribera del Pilcomayo (franja declarada reserva por la provincia), del campo por el que transitábamos. Dejamos a nuestros caballos y nos internamos por una picada echa con una topadora (los lugareños la llaman "la raspada"), que penetra en el monte y llega hasta la última terraza del albardón del Pilcomayo. La raspada tenía unos 20 metros de ancho, cubiertos por un pastizal tupido en el que predominaba el espartillo.
Pese a que dónde atamos los caballos había huellas de un yaguareté (los baqueanos calcularon que, por la impronta dejado en el barro, había pasado hace unos dos días), nos largamos a pie por la raspada. Cruzamos así unos 3000 metros de monte fuerte y alto. Un lugar ideal para cobijar animales, incluyendo al gato referido.
En los últimos 100 metros, un bosque tupido ocultaba el curso de agua. La raspada doblaba en el sentido de aguas abajo, continuando paralela al río. No tardamos en cruzarlos y otra vez, la presencia del otrora majestuoso y torrentoso río me sorprendió: unos 20 metros de anchos y casi un metro de profundidad convertían al Pilcomayo en poco más que un humilde riacho.
Pero el sitio era igualmente encantador. Imperaba una paz muy singular: el aire puro, el silencia absoluto y cada tanto una brisa fresca que apaciguaba el húmedo calor de la media tarde. Bien había valido la pena aventurarnos hasta allí. Pero pronto la realidad nos rompió y nos hizo volver del letargo contemplativo, cuándo los baqueanos sacaron a relucir nuestro avío y el estómago impuso su criterio.
Después de almorzar algo liviano, nos despedimos del río y su entorno majestuoso. La caminata de vuelta por la raspada pareció corta y la acumulación de agua dulce y fresca entre los pastizales aportó alivio al regreso. La idea de toparnos con el tigre, cada tanto rondaba en mis pensamientos. Acondicionada las monturas emprendimos el retorno por casi el mismo camino. En el palmeral no había una senda definida y disfrutamos del paseo tranquilo y lento por el agua que inundaba la zona, siempre con la expectativa de sorprender a algún animal salvaje. Esta vez los perros que nos acompañaban acorralaron a un peludo (tatú), al que soltamos después de fotografiar.
Al día siguiente nos dedicamos a recorrer otra parte del campo, cruzando primero un pastizal con palmeras y costeando luego los albardones del "Pilco". Después nos dividimos en dos grupos, uno bordeó el monte tipo sabana y el otro la selva en galería, en un intento de avistar con más posibilidad a los animales silvestres. Los perros terribles cazadores en el campo, patrullaban sin pausa. Así descubrieron y corrieron a un guazuncho que se encontraba en medio del pastizal. Logramos avistarlo antes de que se perdiera a salvo entre la vegetación. Luego le tocó el turno a una zorra, que huyó, pero fue alcanzada dentro de la selva a pocos metros del borde. Allí Marcelo la rescató de los perros. El guía sabía que nos oponíamos a todo tipo de caza, pero tampoco podíamos imponernos sobre las costumbres ancestrales de ésta región de Formosa y que además son de supervivencia. Por suerte, la zorra que se hacía la mu**ta, cuándo vio que no le haríamos daño abrió los ojos y escapó. Nos retiramos del lugar teniendo mucho cuidado de que los perros no la siguieran.
Cabalgamos disfrutando de un espectacular día. Todo estaba en perfecta armonía: los contrastes de verde que ofrecían las palmeras, el pastizal, los árboles del monte y la policromía de las especies vivas, el aire puro, el silencio. Cerca del medio día llegamos a un puesto dónde se agrupaban numerosas vacas. Por un rato fuimos auténticos vaqueros ayudando a Díaz a revisar la hacienda.
A media tarde prendimos el regreso a la casa principal. Existía una senda inundada con unos 20 centímetros de agua. Por ella galopamos y nos salpicamos, conduciendo los caballos con absoluta soltura. Al salir de la senda y ya cerca del monte, los perros se lanzaron sobre una iguana. El animal, en un intento por escapar cortó su cola, fue inútil, Marcelo la asió por la cabeza y la fotografiamos. Se salvó porque se ralló la piel de la panza y perdió valor comercial. La gente del lugar las caza para aprovechar la piel, la carne y la grasa (con propiedades medicinales).
Entramos en el monte por una picada ancha y nos enfrentamos a unos de los lugares que más nos impactó. El suelo pelado, sin vegetación. Todo rodeado de árboles altos. Así se formaba una especie de plazuela que irradiaba sensaciones tan placenteras como angustiantes.
En esta zona de cruce el monte es angosto. Se abrió entonces una extensa sabana salpicada por palmeras y alguno que otro algarrobo. Aquí los perros dieron con tres iguanas, que Marcelo atrapó cuidadosamente y llevó vivas a su casa. Le reportarían quince pesos por la venta de sus cueros y alrededor de cinco kilos de carne muy apetecible. El día culminó a través en la cocina, esperando disfrutar alguna de las comidas típicas. Solo alumbrados por la tenue luz del lampiú, un farol precario artesanal.
Al día siguiente emprendimos la retirada a caballo hacia General Belgrano. Cabalgamos por un pastizal tupido que llegaba a la panza a los montados. Un trayecto muy divertido y emocionante hasta la ruta. Por esta y después de unas cuatro horas de marcha, llegamos con muchas cosas aprendidas, a destino. Allí nos despedimos de Marcelo y de Valerio hasta una futura visita al lugar. El paisaje formoseño se lo merece.
Fotografias de la Revista Weekend
Fotógrafo: Andrés Perez Moreno
Libro: Anécdotas en la llanura chaqueña.
Cuidemos la ruralidad.