04/10/2025
-¿Usted es Ebe Gómez?
Escucho esas palabras sin apenas reaccionar. Mis ojos siguen fijos en el cuerpo de ese hombre que los forenses guardan ahora en una bolsa negra.
¿Tendría familia? ¿Alguien lo echaría de menos?
No puedo dejar de imaginar que, en algún lugar, una persona podría estar aguardando su llegada, mirando una ventana vacía, esperando que una puerta se abriera. Pero eso nunca iba a pasar.
—Sí, es ella —responde Diana, y con un sacudón me saca de mi ensimismamiento.
Miro al oficial que se encuentra frente a mí. Es joven, no debe tener más de treinta y cinco años. Se le nota en los ojos el cansancio de una larga jornada. Me observa con precaución, como intentando pensar el mejor camino para avanzar.
—Soy el detective Aguilar. Estoy a cargo de la investigación. Necesito hacerle unas preguntas.
—Pero, detective —intercede Diana—, ella ya habló con los oficiales que llegaron. Les contó todo, no sabe más.
—Lo entiendo, pero necesito hablar con ella. Solo será un momento y luego podrán irse.
En ese instante, la voz misteriosa del asesino regresa a mi mente:
“Shhh, ni se te ocurra.”
Las palabras resuenan como una amenaza que sigue presente, aunque él ya no esté.
Levanto la mirada hacia el detective Aguilar. Algo en sus ojos cansados me transmite calma, una extraña sensación de que todo va a estar bien.
—Podemos hablar en mi auto.
El detective me indica con la mano la dirección, y lo sigo sin dudar.