10/05/2026
Hoy falleció mi mamá.
Estoy a 16.500 kilómetros de casa.
Podría escribir horas sobre ella: su risa, sus juegos, la comida que preparaba, la forma en que construyó junto a mi papá ese hogar donde aprendí lo que era el amor.
Pero hoy quiero hablar de mi hermano. Mi absoluto superhéroe.
Mi mamá estuvo tranquila, acompañada y profundamente cuidada en sus últimos días. Gracias a él.
Voy a admirar para siempre la fortaleza, el coraje y la bondad que puso en cada minuto de estos meses difíciles. Fue él quien tomó las decisiones más duras, pero también quien compartió conmigo conversaciones profundas mientras aprendíamos juntos a cuidar, a acompañar el dolor y a no perder la ternura.
Es extraño y hermoso pensar que la enfermedad de mi mamá nos unió más que nunca.
Si hay bondad en mí, viene del ejemplo de mi mamá: que nunca falte comida caliente, que nadie se levante solo de la mesa, que la amabilidad sea una forma de vivir.
Y si he aprendido de fuerza, resiliencia, humor y determinación, ha sido gracias a mi hermano. Compartir este tiempo con él ha sido un honor inmenso.
Mi hermano es mi héroe absoluto. Sacó lo mejor de mi mamá y aprendió lo mejor de mi papá.
Hoy mi mamá dejó este plano. No sé si volveremos a encontrarnos. Pero quiero pensar que sí. Y que, en algún rincón del universo, volveré a verla bailar feliz mientras yo la miro sonriendo, agradecido de haber sido su hijo.