17/11/2022
Antes que se institucionalice como deporte el skateboarding, el newwave se le enfrentaba en albercas vacías de residencias abandonadas. Esta disciplina encontró su lugar de enunciación en espacios olvidados y relegados a ser constituidos como ruinas. Habita en una suerte de mimetización con su entorno, apropiándose de movimientos aleatorios, con la naturalidad orgánica de un bailarín, de un cuerpo listo para irrumpir y apropiarse de estos espacios.
Esta propuesta atraviesa el cuestionamiento sobre qué ocurre cuando un espacio que se desvincula de los discursos de orden puede ser resignificado desde el skateboarding, pensando en este como una acción ubicada en la frontera entre el vandal, el deporte, el arte y la expresión. En especial si lo situamos en urbes cuya postura es la incipiente necesidad de enmascarar el color y la sonoridad de una ciudad, con el objetivo de enfrascar todo en una búsqueda constante por la pulcritud y opacidad que, deja por fuera al acontecimiento generador de experiencias artísticas.
Pienso en el objeto como un elemento evocador, aquel desprendido de la estructura formal que pasa a ser una idea figurada y tangible, capaz de ser intervenida, resignificada por la línea en este caso. Considerar una expresión como el wallride, característico del skateboarding, dentro de esta fórmula imprime la resiliencia del tránsito que trasmite este trazo. Las dinámicas sociales y culturales dejan su impronta a pesar del imponente y monstruoso hecho de que nos quieran arrebatar nuestro uso propio del espacio público.
Andrés F. Freire