08/06/2026
Finde caluroso de junio, muy temprano. Apenas pasaban veinticinco minutos de las siete de la mañana, cuando este raposo ascendió con cautela a mi espalda, por la orilla terrosa de la rambla. El calor de los últimos días a secado los pastos y el agua escasea, así que cada charca conservada entre las margas es un pequeño tesoro.
Su cuerpo esbelto revela la agilidad de un animal joven, aunque ya curtido por la vida salvaje. El pelaje, en plena muda estival, muestra tonos apagados y un aspecto desigual que poco tiene que ver con la espesura que lucirá en invierno. El jopo, largo pero menos poblado de lo habitual, se balancea suavemente mientras avanzaba.
Se detuvo unos instantes para observar el entorno. Sus ojos atentos recorrieron cada rincón del cauce seco, incluso mi posición pero no logra verme. No había peligro, o al menos así lo vio. Entonces acercó el hocico al agua y comenzó a beber. Apenas nos separaban 5 o 6 metros de distancia, su lengua formaba en la superficie pequeñas ondas, y rompía el silencio de la mañana.
Debía contar poco más de un año; quizá algunos meses más, no pude saberlo con certeza. Lo que sí era evidente, era que pertenecía a ese mundo discreto que despierta cuando los humanos apenas miran. Un mundo de rastros en el polvo, de noches silenciosas y de largos recorridos en busca de alimento y agua.
Tras saciar la sed, escuchó el clic del obturador de la cámara, levantó la cabeza, olfateó el aire una vez más y desapareció rápidamente entre los matorrales. Solo quedaron sus huellas marcadas en la tierra húmeda, el impresionante momento grabado en mis retinas, y esta imagen que hoy les traigo...
Buen día e inicio de semana!!