14/08/2025
A Roma llegamos en tren la medianoche del 30 de octubre. Lejos de la elegancia que había supuesto Milán, nos encontramos con una ciudad más caótica: camionetas con las ventanas abajo y música a todo volumen, una espera de 40 minutos por un tranvía que parecía no querer llegar jamás, un sistema de pagos que nunca entendimos… pero con tanta locura que, de alguna forma, se sentía un poco como casa.
Al día siguiente, después de pasar la noche en el peor hostal en el que me he hospedado, nos lanzamos a conocer Roma a pie, como debe ser. Y sí, el Coliseo —como no podía ser de otra forma— fue lo primero que vimos. Recuerdo que desayunamos en un café justo en frente. Suena casi gracioso: estar tomando un café de unos pocos euros, soltando risas con tu pana de toda la vida, girar la cabeza y encontrarte con este edificio increíble, con la historia que tantas veces te contaron en el colegio, ahí, frente a ti por primera vez.
Ese fue apenas el abrebocas de un par de días llenos de pasos incansables, edificios imponentes, risas, un montón de mujeres hermosas y, por supuesto, más risas con el pana.