15/03/2021
¿Sabes qué? sólo tengo una foto con mi padre. Fue al tiempo de conocernos. Yo llevaba un jersey verde y el pelo rizado, mi hermana algo lila y él una camisa blanca. Creo que alguna vez la imprimí en un folio. Pero lo cierto es que no tengo ni idea de en qué nube u ordenador se perdería nuestra única fotografía.
Una vez, volviendo de pasar la tarde juntos -esos eran los mejores días, alargábamos el tiempo y cualquier excusa era buena para que no acabase el día, porque cuando no nos soportábamos nos ventilábamos la comida rápido, y esa era una de las cosas que más me gustaba, la honestidad y la libertad con la que nos relacionábamos- me dijo que podíamos hacernos fotos un día. Creo que se refería a mi y a mi hermana. Llegué súper contenta a casa, me parecía una idea genial y estaba súper ilusionada con la idea.
Pero a veces, nos creemos que podemos estirar el tiempo. Hacerlo mañana o dejarlo para la semana que viene. Que total ya habrá tiempo. Que las personas que queremos son eternas y que lo que le pasa al de al lado, no te va a tocar a ti.
Y ojalá volver atrás. Ojalá tener las fotos que no fueron y estirarnos un poquito más en el tiempo, tocarle la cara en un papel y volver allí siempre que quiera. Porque para mi ese es el poder y el regalo de una fotografía.