27/11/2025
Y de repente levantas la vista y allí lo encuentras……
 Historias de la Serena……..
En el año 1241, en la frontera olvidada entre los reinos cristianos y las últimas taifas de Al-Ándalus, el Castillo de Almorchón fue testigo de una de las historias más brutales y épicas de la Reconquista extremeña.
Corría el invierno más crudo que se recordaba en La Serena. El comendador templario Rodrigo de Capilla, apodado “el Lobo de la Sierra”, había tomado posesión del castillo apenas cinco años antes, cuando Fernando III lo donó a la Orden del Temple tras la conquista de Capilla. Almorchón era entonces una fortaleza medio derruida, construida por los almohades sobre un risco pelado donde el viento silbaba como alma en pena.
Una noche de enero, cuando la luna llena iluminaba las dehesas heladas, llegó la noticia: un ejército de más de mil jinetes bereberes y andalusíes, al mando del caudillo Ibn al-Jatib “el Negro”, había cruzado el Guadiana con la misión de recuperar La Serena y cortar la ruta de la trashumancia cristiana. Su objetivo principal: arrasar Almorchón y decapitar al Lobo de Capilla.
El castillo apenas contaba con 42 hombres: 18 templarios, 12 sargentos y 12 peones extremeños curtidos en cien escaramuzas. Tenían provisiones para un mes, pero el agua del aljibe estaba casi agotada por la sequía anterior.
Rodrigo de Capilla tomó una decisión que aún se cuenta en las noches largas de Cabeza del Buey: no huir, no rendirse. Convertiría el castillo en una trampa mortal.
Durante tres días, mientras los bereberes rodeaban el cerro, los templarios trabajaron sin descanso. Cavaron zanjas ocultas con estacas envenenadas, derrumbaron parte de la muralla exterior para crear un falso punto débil y llenaron la torre pentagonal de aceite y pez. Luego, colgaron en lo alto de la torre del homenaje el estandarte rojo con la cruz patada… y debajo, clavado en una pica, el cadáver putrefacto de un espía almohade capturado días antes.
La cuarta noche, Ibn al-Jatib ordenó el asalto final. Los bereberes subieron en tromba por la ladera norte, donde parecía que la muralla estaba rota. Cayeron en la trampa: docenas quedaron empalados en las estacas ocultas. Cuando intentaron retroceder, los templarios prendieron fuego al aceite y lanzaron desde lo alto una lluvia de fuego líquido que convirtió la noche en in****no.
Al amanecer, el campo estaba cubierto de cadáveres quemados. Ibn al-Jatib, herido de muerte por una saeta en el cuello, murió maldiciendo al “demonio de la torre de cinco lados”. Los supervivientes huyeron hacia Córdoba, y nunca más un ejército musulmán volvió a intentar reconquistar La Serena.
Dicen que Rodrigo de Capilla, cubierto de sangre y hollín, subió solo a la terraza almenada y gritó al viento helado:
«¡Aquí acaba la frontera! ¡Desde hoy, esta tierra es cristiana para siempre!»
Cuando los templarios fueron disueltos en 1312, el castillo pasó a la Orden de Alcántara. Pero los pastores de la zona aún juran que, en las noches de luna llena de enero, se oyen cascos de caballos espectrales subiendo la ladera y se ve una figura blanca con cruz roja en lo alto de la torre pentagonal, vigilando que nadie vuelva a cruzar la antigua frontera.
Y así, en el silencio de la estepa extremeña, el Castillo de Almorchón sigue en pie, como un grito de piedra que aún resuena ocho siglos después.
Buen día 😘😘😘