26/05/2026
Hace casi un año que no subo fotografías sueltas a Instagram.
Al principio fue por respeto a mi trabajo. Después entendí que también era una cuestión de salud.
Dedicarle tanto tiempo a una imagen para después tirarla al mar infinito de contenido dejó de tener sentido para mí. La repercusión nunca era la esperada. Y, siendo honesto, la expectativa tampoco era demasiado lógica.
Vemos miles de imágenes por día. De todo tipo. Incluso imágenes que ya ni siquiera están hechas por personas. Es muchísimo.
Y además la fotografía, al menos como yo la entiendo, también es papel, materia, escala, textura, presencia.
Valorar una fotografía solamente en una pantalla es quedarse con una parte muy recortada de su valor.
Pero tampoco puedo desaparecer. La época te obliga a tener presencia en redes.
Entonces decidí cambiar la forma.
Empecé a compartir más lo que escribo en mi newsletter, a mostrar procesos, a contar historias.
También empecé a trabajar distinto.
La fotografía química ayuda en eso. Buscar, pensar, encuadrar, medir, evaluar si realmente vale la pena hacer un disparo. Llegué incluso a salir a hacer fotografía de calle obligándome a usar trípode en todas las tomas. Puedo estar cuarenta minutos esperando una sola imagen.
Todo esto es parte de un proceso de desintoxicación digital. Siento que tengo un problema al que todos los días tengo que prestarle atención, porque no puedo bajar la guardia.
Ya sabemos que algunas de las mentes más brillantes del mundo trabajan desde Palo Alto para que miremos la pantalla más tiempo del que queríamos.
La batalla es desigual.
Yo, por lo menos, muchas veces siento que voy perdiendo.
Estas imágenes pertenecen a un trabajo en proceso y a una forma, todavía imperfecta, de mirar más lento.