03/06/2026
En abril volví a Caracas para fotografiar una historia para . Fue una de esas coberturas raras y preciosas donde una va buscando una cosa y termina encontrando muchas más.
Me encontré con los tequeños mas ricos que me he comido en una boda de 800 personas, con que mi prima realtor sufre de vértigo pero vende apartamentos en rascacielos, con orquídeas ornamentales que cambian cada diez días en un edificio de Las Mercedes, con empresarios dibujando futuros posibles sobre ventanas de vidrio, con conversaciones sobre inversión, miedo, memoria, regreso, paciencia. Y hasta con un canal de noticias venezolano que estaba dando noticias.
Todo me parecía insólito y familiar al mismo tiempo.
Durante años, en Venezuela aprendimos a mirar el futuro con cautela. A no emocionarnos demasiado. A no confiar tan rápido en las señales. Pero estos días sentí como una especie de aire entrando por una rendija. Pequeño, imperfecto, desigual, pero aire al fin.
Esta historia me dejó pensando mucho en quienes se quedaron. En quienes sostuvieron empresas, familias, casas, edificios, oficios, rutinas y afectos en medio de años durísimos. En quienes se fueron y vuelven con preguntas. En quienes nunca dejaron de imaginar una vida posible en el país, aunque muchas veces esa imaginación pareciera una forma de terquedad.
También me dejó una pregunta que todavía me acompaña: si Venezuela empieza a moverse otra vez, quiénes serán los primeros en empujar? Cómo se reconstruye algo después de tanto tiempo esperando? Desde dónde se empieza? Desde una oficina? Desde una boda? Desde una mesa familiar? Desde una conversación que hace años habría parecido imposible?
Fotografiar esta historia fue divertido, raro, íntimo y muy personal. Caracas siempre tiene esa capacidad de mostrarte una escena absurda, bella y dolorosa en el mismo día. A veces en la misma cuadra.