Ana Maria Arévalo Gosen

Ana Maria Arévalo Gosen Visual storyteller focused on women’s rights and environmental issues. Based in Bilbao and Venezue

Te amo, paisito hermoso, vibrante, caluroso, húmedo. Lleno de esperanza, de rabia, de dolor, de risa, de fuerza.De mujer...
06/09/2026

Te amo, paisito hermoso, vibrante, caluroso, húmedo. Lleno de esperanza, de rabia, de dolor, de risa, de fuerza.

De mujeres de corazón colosal, de hombres que te dicen “mi reina”, de ojitos picarones y sonrisas con muchos dientes. Todos quieren contarte su historia, y a todas me honra escuchar.

Del vecino que te conoce todas las mañas y de las casas que tienen mil más. Del internet que no deja trabajar, del carro que se espicha. De la salsa también.

Del sudor con olor a perfume. Del dominó con pasión violenta. De la gentileza del que siempre quiere ayudar, aunque no tenga mucho que dar.

Qué rico ser de acá y bañarme en tus aguas. Qué rica mi comunidad, mi gente, mi familia. Qué rico el abrazo largo, el reencuentro, las reconciliaciones.

Nunca olvidemos que somos todo lo bueno, todo lo sabrosito, todo lo generoso. Que también somos la risa en medio de la rabia, la mano que aparece cuando hace falta, el “mi reina”, el “pasa, siéntate”, el “¿ya comiste?”.

Lo fino también.

Qué rico ser de acá.

Trabajito sobre economía y esperanza para NZZ con la tinta de Alexander Busch

Y está la mamá de Kimberly, Jennifer. Hay algo en ella que me recuerda muchísimo a las mujeres con las que crecí.Esa nob...
27/08/2026

Y está la mamá de Kimberly, Jennifer. Hay algo en ella que me recuerda muchísimo a las mujeres con las que crecí.

Esa nobleza sencilla, bonita, profundamente venezolana, de quien acaba de perderlo todo y aun así está pendiente de preguntarte si comiste.

Yo llegaba a documentar su tragedia y ella quería saber si yo estaba bien.

Con ellos pasé muchísimo tiempo durante julio.

Fueron de las primeras personas que me abrieron sus puertas cuando llegué. Y decir que me abrieron las puertas es poco, porque ya casi no había puertas que abrir.

Me abrieron la intimidad de su familia. Su dolor. Su confianza.

Y después uno deja de llegar solamente a hacer fotografías. Llegas a conversar. A ayudar. A escuchar. A sentarte un rato. A abrazar. A querer.

Porque además son de esa gente con la que provoca quedarse. De la gente más grata y deliciosa para estar. Generosos, amorosos, divertidos incluso dentro de días imposibles.

Acompañarlos, apoyarlos, abrazarlos, quererlos y resistir un poquito con ellos ha sido un honor.

Y entonces nació Noah Yaziel.

En medio de todo eso.

Un bebé llegando a una familia que acababa de perder su casa y casi todo lo que tenía.

No quiero convertir su nacimiento en una metáfora bonita sobre la tragedia. La realidad sigue siendo durísima. Ellos siguen teniendo que reconstruir una vida que no escogieron perder.

Pero allí estaba Noah y todo alrededor de él, cuidándolo.

Durante estos días tampoco estoy sola. Angélica y Lety fueron una parte fundamental de todo este trabajo.

Fueron días intensísimos en los que bajábamos una y otra vez a trabajar, pero también a ayudar. Ellas resolvieron, acompañaron, cargaron, cuidaron, abrazaron y sostuvieron muchísimo más de lo que aparece en cualquiera de mis fotografías.

Y muchas veces también me sostuvieron a mí.

Sin ellas todo habría sido muchísimo más difícil.

Es la historia de una familia que perdió casi todo, pero no la capacidad de seguir cuidándose. Y quizá eso sea lo que más recuerdo; que, en medio de las ruinas, no solo estaban intentando reconstruir una casa. También estaban reconstruyendo una forma de estar juntos.

La familia terminó viviendo en un refugio, compartiendo un dormitorio con otras cuatro familias.Después conocí a Anderso...
26/08/2026

La familia terminó viviendo en un refugio, compartiendo un dormitorio con otras cuatro familias.

Después conocí a Anderson, el papá de Kimberly.

Anderson es de esos papás que sienten que su trabajo en este mundo es que todos los suyos estén bien.

Protege. Pregunta. Resuelve. Está pendiente de sus hijos, de sus nietos, de todo.

Y ama a Kimberly con esa forma inmensa y protectora que tienen algunos papás de amar a sus hijas.

Pero esta no es la primera vez que Anderson pierde todo.

Anderson también perdió todo durante la vaguada de Vargas.

Una década después, le tocó otra vez.

Otra casa.

Otra vez sus cosas.

Otra vez mirar alrededor y entender que hay que comenzar de cero.

No sé qué se siente perderlo todo dos veces.

Él dice que hay que seguir.

Por sus hijos.

Por sus nietos.

Por su familia.

Cuando alguien sobrevive a una tragedia así, muchas veces escuchamos: “por lo menos están todos vivos”. Y claro que estar vivos lo es todo. Pero haber sobrevivido no borra lo que se perdió. Anderson ya había tenido que empezar de cero después del deslave de Vargas. Volvió a construir una casa, volvió a comprar sus cosas, volvió a levantar una vida para su familia. Ahora le toca hacerlo otra vez. En un país donde salir adelante ya es difícil, incluso cuando no has perdido nada, no puedo imaginar lo que significa tener que reconstruirlo todo por segunda vez. (Cont.)

Ayer se cumplieron dos meses del doble terremoto que golpeó La Guaira. Y ayer salió publicada esta historia en de Volksk...
25/08/2026

Ayer se cumplieron dos meses del doble terremoto que golpeó La Guaira. Y ayer salió publicada esta historia en de Volkskrant .

A Kimberly y a Joel los conocí en julio, cuando llegué a La Guaira a documentar lo que había quedado después del terremoto.

Vivían con su familia en el Urbanismo Hugo Chávez Frías, en Playa Grande, un enorme complejo de viviendas construido como parte de la Gran Misión Vivienda Venezuela, en alianza con la empresa turca Summa.

Después del terremoto, buena parte del lugar quedó destruida. Edificios enteros colapsaron. Otros quedaron inclinados, abiertos, con las fachadas arrancadas y los apartamentos expuestos. Lo que había sido la casa de cientos de familias se convirtió en concreto roto, cabillas, polvo y montañas de las cosas que alguna vez estuvieron adentro de una casa.

Allí vivían Kimberly y su familia.

Su abuela tenía el apartamento de abajo. Ellos vivían arriba.

El 24 de junio, cuando empezó a temblar, Kimberly estaba con su abuela. Tenía 34 semanas de embarazo.

En medio de la corredera, el miedo y la destrucción, ayudó a sacar a su abuela. La cargó como pudo para salir. Su abuela terminó con una fractura de cadera y otra en el codo.

Después comenzó a correr el rumor de que venía un tsunami.

Kimberly estaba aterrada.

Por el estrés de todo lo que había vivido comenzó a sangrar y el sangrado continuó durante tres días.

Y mientras todo eso ocurría, Noah seguía dentro de su barriga.

La familia sobrevivió, pero perdió prácticamente todo.

Durante la primera semana durmieron en una pequeña plaza cerca de lo que había sido su casa. Y antes incluso de que terminaran de recuperar los cuerpos entre los escombros, llegaron los saqueos.

Se llevaron lo poco de valor que había quedado.

También los pañales que Kimberly y Joel habían comprado con anticipación para Noah porque, con la inflación en Venezuela, comprar hoy muchas veces significa poder pagar algo que mañana quizá cueste mucho más.

La primera vez que vi a Kimberly llevaba una gorrita. Joel estaba a su lado y mientras hablábamos no dejaba de acariciarle la barriga. Lo hacía casi sin darse cuenta. Le pasaba la mano, le hacía cariños a Noah.

Sigo prox post 🧚🏽‍♀️

Algunas foticos de las beautiful gyals para Wildling Shoes en Caracas Andrea Begoña Torres Méndez & Linda Pernía | Pilat...
09/08/2026

Algunas foticos de las beautiful gyals para Wildling Shoes en Caracas

Andrea Begoña Torres Méndez & Linda Pernía | Pilates

Producción • Lety Tovar Varela • & Angélica Lugo | Periodista & Productora

¿Cómo se cicatrizan las heridas? ¿Cómo se disipan los rencores?No se perdieron las neveras. Se perdieron las hijas.Para ...
30/07/2026

¿Cómo se cicatrizan las heridas? ¿Cómo se disipan los rencores?
No se perdieron las neveras. Se perdieron las hijas.
Para algunos, que la tierra temblara significó también que la grieta desenterrara una rabia acumulada durante años.
A Damelis la conocí de noche, mientras fumaba un cigarro. Lo compartimos en silencio. Yo no sabía qué decirle. Ya me habían contado que había perdido a una hija y, frente a ciertas pérdidas, las palabras parecen una forma de ruido. A veces, la compañía es lo único que uno puede ofrecer para que el otro; y una misma, no se caiga.
A él lo conocí antes de que se pusiera un traje de protección, se ajustara una linterna en la cabeza y subiera a uno de los pisos más altos del edificio donde pasé toda mi infancia para buscar un cuerpo.
En ese edificio sigue enterrado un amigo de la infancia, uno con quien aprendí a nadar y a aguantar el aire bajo el agua. En esa misma piscina nadaban mis ocho perros. Allí me insolé jugando al escondite, me di mi primer beso y mi mamá nos llenaba bombas de carnaval con agua tibia para que no nos diera frío.
Cuando vi el edificio en ruinas, todas aquellas melodías de otros tiempos regresaron convertidas en algo insoportable. Sentí una tristeza que no conocía. El duelo de ver destruidos mis recuerdos más preciados, pero, sobre todo, el de saber que dentro había familias como la mía que no habían logrado salir con vida.
Es allí donde la historia de Damelis y la mía se encuentran. Ella es la madre. Yo fui la hija que se vio ahí.
Hoy no tengo palabras de esperanza. Solo tengo esta certeza: si no conseguimos unirnos ahora, deshacer el rencor de una separación sembrada hace tantos años y mirarnos de frente, entendiendo que tu hija también es la mía, no vamos a salir de esta.
Que este duelo inmenso, que hoy nos pertenece a todos, nos ayude a entrelazar de nuevo las raíces. Que cada uno ponga una parte de los cimientos para que, cuando llegue el momento de levantarnos, el renacer también sea de todos.

En Caracas, la protesta avanzaba con una sensación difícil de nombrar: rabia, sí, pero también cansancio. La clase de ca...
20/07/2026

En Caracas, la protesta avanzaba con una sensación difícil de nombrar: rabia, sí, pero también cansancio. La clase de cansancio que dejan los años de promesas, elecciones aplazadas, presos políticos, familiares que se fueron y gobiernos extranjeros que anuncian cambios que nunca terminan de llegar.

Algunos llevaban carteles contra Trump. Otros exigían elecciones libres. Otros sostenían fotografías de detenidos y desaparecidos. No todos pedían lo mismo, pero todos parecían compartir una certeza: otra vez los habían dejado esperando.

Habían creído que la presión internacional podía acelerar una salida. Que Estados Unidos actuaría. Que Maduro no podría sostenerse indefinidamente. Ahora, mientras Washington mira hacia otros conflictos y negocia sus propios intereses, muchos sienten que Venezuela volvió a quedar sola.

Y entonces llegó el terremoto.

Como si la crisis política, el hambre, la migración y la represión no bastaran. Como si todavía faltara otra forma de intemperie. Mientras unos marchan por libertad, otros buscan a sus familiares bajo los escombros. Mientras se habla de transición, hay personas viviendo en campamentos y familias esperando cuerpos.

Esta historia publicada en de Volkskrant habla de ese estado de ánimo; de un pueblo que sigue protestando, que conserva intacta la esperanza, y porque todavía no está dispuesto a aceptar el abandono como destino.

Texto de Marjolein van de Water.
Foticos mías y de Manu Quintero 🖤

English in captions 🧚🏽‍♀️

In April, I returned to Caracas to photograph a story for . It was one of those rare and precious assignments where you ...
04/06/2026

In April, I returned to Caracas to photograph a story for . It was one of those rare and precious assignments where you set out looking for one thing and end up finding many more.
I found the best tequeños I have ever eaten at an 800-person wedding; discovered that my realtor cousin suffers from vertigo while selling apartments in skyscrapers; saw ornamental orchids being replaced every ten days in a building in Las Mercedes; met businesspeople drawing possible futures on glass windows; and heard conversations about investment, fear, memory, return, and patience. I even came across a Venezuelan news channel that was actually reporting the news.
Everything felt both surreal and familiar at the same time.
For years, in Venezuela, we learned to look at the future with caution. Not to get too excited. Not to trust signs too quickly. But during those days, I felt something like air coming in through a crack. Small, imperfect, unequal; but air, at last.
This story made me think a lot about those who stayed. Those who kept businesses, families, homes, buildings, trades, routines, and affections alive through incredibly hard years. Those who left and return with questions. Those who never stopped imagining a possible life in the country, even when that imagination often seemed like a form of stubbornness.
It also left me with a question that still lingers: if Venezuela starts moving again, who will be the first to push? How do you rebuild something after so much time spent waiting? Where does it begin? In an office? At a wedding? Around a family table? In a conversation that, years ago, would have seemed impossible?

En abril volví a Caracas para fotografiar una historia para  . Fue una de esas coberturas raras y preciosas donde una va...
03/06/2026

En abril volví a Caracas para fotografiar una historia para . Fue una de esas coberturas raras y preciosas donde una va buscando una cosa y termina encontrando muchas más.
Me encontré con los tequeños mas ricos que me he comido en una boda de 800 personas, con que mi prima realtor sufre de vértigo pero vende apartamentos en rascacielos, con orquídeas ornamentales que cambian cada diez días en un edificio de Las Mercedes, con empresarios dibujando futuros posibles sobre ventanas de vidrio, con conversaciones sobre inversión, miedo, memoria, regreso, paciencia. Y hasta con un canal de noticias venezolano que estaba dando noticias.
Todo me parecía insólito y familiar al mismo tiempo.
Durante años, en Venezuela aprendimos a mirar el futuro con cautela. A no emocionarnos demasiado. A no confiar tan rápido en las señales. Pero estos días sentí como una especie de aire entrando por una rendija. Pequeño, imperfecto, desigual, pero aire al fin.
Esta historia me dejó pensando mucho en quienes se quedaron. En quienes sostuvieron empresas, familias, casas, edificios, oficios, rutinas y afectos en medio de años durísimos. En quienes se fueron y vuelven con preguntas. En quienes nunca dejaron de imaginar una vida posible en el país, aunque muchas veces esa imaginación pareciera una forma de terquedad.
También me dejó una pregunta que todavía me acompaña: si Venezuela empieza a moverse otra vez, quiénes serán los primeros en empujar? Cómo se reconstruye algo después de tanto tiempo esperando? Desde dónde se empieza? Desde una oficina? Desde una boda? Desde una mesa familiar? Desde una conversación que hace años habría parecido imposible?
Fotografiar esta historia fue divertido, raro, íntimo y muy personal. Caracas siempre tiene esa capacidad de mostrarte una escena absurda, bella y dolorosa en el mismo día. A veces en la misma cuadra.

Para Bloomberg, fotografié una historia escrita con rigor y humanidad por Sabrina Nelson Garcinuno sobre la pobreza infa...
08/05/2026

Para Bloomberg, fotografié una historia escrita con rigor y humanidad por Sabrina Nelson Garcinuno sobre la pobreza infantil en España.

Aunque la economía española ha crecido más que la de varios países europeos en los últimos años, alrededor de uno de cada tres niños sigue en riesgo de pobreza o de exclusión social. Es una de las tasas más altas de Europa, superada solo por Bulgaria. La cifra apenas ha cambiado en casi dos décadas.

En la Fundación Madrina, en Madrid, vi a madres y padres hacer fila durante horas para recibir comida, pañales, ropa, leche o verduras. Muchas de estas familias trabajan, pero no logran cubrir el alquiler, las facturas, el comedor escolar ni los alimentos. La pobreza aquí no siempre se ve como imaginamos: a veces tiene empleo, paga impuestos y aun así no llega a fin de mes.

Conocí a Anadit, madre venezolana, que trabaja todo lo que puede, pero teme quedarse sin casa. Y a Javier, español, padre de siete hijos y trabajador municipal, que debe pedir adelantos de su salario cada mes para sostener a su familia.

Esta historia habla de una España que crece, pero no protege por igual. De alquileres imposibles, ayudas que no siempre llegan, trabajos precarios y niños que heredan una incertidumbre que no eligieron.

El gobierno propone ahora una ayuda universal de 200 euros al mes por hijo. Para muchas familias podría ser un alivio real. Pero la pregunta sigue abierta: puede una ayuda económica reparar una crisis tan profunda sin transformar también el mercado laboral, la vivienda y el sistema de protección social?

Link en mis stories.
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