06/07/2026
La distancia hasta Tombuctú se hacía interminable.
Durante horas solo vimos acantilados rocosos, espinos, algún baobab y el polvo del Sahel.
Sabíamos que el río Níger estaba cerca. Allí tendríamos que dejar el coche en una pequeña aldea y buscar a un pescador bozo que nos cruzara en su pinaza hasta la otra orilla.
Antes de salir había preguntado por la situación en aquella zona. Todos me hablaron de enfrentamientos, de robos y de la conveniencia de no bajar la guardia.
Por eso, cuando un grupo de hombres montados en camellos se cruzó en nuestro camino, recordé de golpe todas aquellas conversaciones.
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