17/07/2026
Hay fotografías que tienen una historia. Otras, sin saberlo, terminan haciendo historia.
Esta, en concreto, guarda una de esas historias que muy poca gente conoce.
Luis era el quiosquero de toda la vida de mi pueblo, Tobarra. Desde que tengo memoria, su quiosco siempre estaba abierto. Siempre había una sonrisa esperándote al otro lado del mostrador y un sinfín de chuches capaces de hacer feliz a cualquier niño. A mí me encantaba salir del colegio, comprar unas cuantas golosinas e irme a la biblioteca o a casa a hacer los deberes. Y muchas tardes, antes de ir al parque con mi hermano, aquella parada era casi un ritual. Luis siempre estaba allí, con su sonrisa y rodeado de bolsas de palomitas, aperitivos y caramelos. Era parte de la infancia de todo un pueblo.
En 2019, una noche cualquiera, recibí un mensaje en mi página de Facebook. Era de una chica de Argentina que seguía mi trabajo. Me dijo que le gustaban mucho mis fotografías de Tobarra porque le recordaban a su padre. Después me contó quién era: la hija de Luis, el quiosquero. Solo tenía una petición: si podía hacerle una fotografía a su padre, desde mi manera de verlo.
Mi primer impulso fue salir corriendo al quiosco y enviársela cuanto antes. Pero no lo hice. Necesitaba pensar cómo quería retratar a un hombre tan querido por todos, alguien que, sin darse cuenta, también formaba parte de la historia de Tobarra.
Unos días después fui al quiosco. Hice cola como tantas otras veces y, cuando llegó mi turno, compré unas chuches. Antes de marcharme, le pregunté si le importaría que le hiciera unas fotografías. Me miró sorprendido. Entonces le conté el mensaje de su hija.
Se emocionó.
Me preguntó cómo quería hacerlas. La primera fue sencilla: detrás del mostrador, con esa sonrisa con la que siempre lo recordábamos. La segunda fue diferente. Le pedí que diera un par de pasos hacia atrás, hasta quedarse a la altura de las bolsas de palomitas y las chuches. Me preguntó por qué.
Le expliqué que así era exactamente como lo veía cuando era pequeña. Ese era el lugar donde vivía uno de mis recuerdos más felices. Quería guardar esa imagen para siempre.
Cuando terminamos, nos dimos las gracias mutuamente. Yo me fui a casa para enviarle la fotografía a su hija.
Al poco rato me respondió. Estaba profundamente emocionada. Sin saberlo, aquella fotografía se había convertido en uno de los regalos más importantes que podía hacerle.
Hoy esa imagen ya no es solo la petición de una hija que quería volver a ver a su padre.
Es el recuerdo eterno que conservará todo un pueblo de su quiosquero más querido.
Y si algún día su hija vuelve a encontrarse con estas palabras, solo quiero decirle gracias. Gracias por confiar en mí para regalarle ese recuerdo de su padre y por permitirme formar parte, aunque fuera por un instante, de una historia tan bonita. Espero que esta fotografía siga abrazándote cada vez que la mires y que, desde la distancia, puedas sentir todo el cariño que Tobarra siempre le tuvo a Luis.
Descansa en paz, Luis.