28/06/2024
"Las Sombras del Arco"
En las calles empedradas de la antigua Cáceres, donde el Arco de la Estrella se alza como un centinela silencioso, la noche caía pesada sobre los tejados. Don Alonso de Monroy, señor de la Casa de las Veletas, observaba la ciudad desde su ventana, sus ojos entrecerrados escrutando las sombras que danzaban entre los edificios medievales.
Un cuervo aterrizó en el alféizar, su graznido rompiendo el silencio. En su pata, un mensaje enrollado. "La estrella sangra", leyó Alonso, su rostro endureciéndose. La antigua profecía estaba a punto de cumplirse.
Mientras tanto, en las catacumbas bajo la Plaza de San Mateo, la joven Inés de Ovando desenvainaba su espada. El brillo del acero valyrio iluminó por un instante las antiguas inscripciones en las paredes. "Por la sangre de los antiguos", murmuró, sus palabras un juramento.
En la taberna del Gallo, el capitán de la guardia, Rodrigo Ulloa, ahogaba sus p***s en vino de Montánchez. Sus hombres habían desaparecido uno a uno en las últimas semanas, sus cuerpos apareciendo luego en el río Jerte, con extraños símbolos tallados en la piel.
Un trueno retumbó en la distancia, y la lluvia comenzó a caer sobre las tejas árabes. En el palacio episcopal, el obispo Diego de Carvajal se arrodilló frente al altar. "Que los dioses nos protejan", rezó, "porque la larga noche se acerca a Cáceres".
En las sombras de un callejón, una figura encapuchada observaba. Sus ojos, de un azul sobrenatural, brillaron en la oscuridad. La hora había llegado. El juego de poder en Cáceres estaba a punto de comenzar, y solo los más astutos sobrevivirían.
La noche avanzaba sobre Cáceres cuando un rugido ensordecedor sacudió los cimientos de la ciudad. Los habitantes, despertados de su sueño, se asomaron a las ventanas con terror. En el cielo, una sombra colosal oscureció las estrellas.
Inés de Ovando emergió de las catacumbas justo a tiempo para ver la bestia descender sobre la Plaza Mayor. Sus escamas negras reflejaban la luz de la luna, y sus ojos ardían con un fuego interno. Era Balerion, el dragón que todos creían extinto desde hacía siglos.
El capitán Rodrigo Ulloa, aún en la taberna del Gallo, escuchó los gritos de pánico. Salió tambaleándose a la calle, su mano en la empuñadura de su espada, incrédulo ante la visión que tenía delante.
Don Alonso de Monroy observaba desde su torre, sus nudillos blancos de apretar el alféizar. "Ha comenzado", susurró.
El dragón abrió sus fauces y un torrente de fuego brotó de su garganta. Las llamas lamieron las fachadas de piedra de la parte antigua, convirtiendo en cenizas los toldos y las maderas. El Arco de la Estrella, testigo de siglos de historia, se tiñó de rojo bajo el resplandor del incendio.
La gente corría despavorida por las calles mientras el fuego se extendía. El humo se elevaba en columnas negras hacia el cielo nocturno, oscureciendo aún más la noche.
En medio del caos, la figura encapuchada de ojos azules se movía con determinación hacia el Palacio Episcopal. En su mano, un antiguo pergamino brillaba con una luz propia.
El obispo Diego de Carvajal salió de la catedral, su rostro iluminado por el fuego. "El sello se ha roto", murmuró, "y el equilibrio entre los mundos se ha perturbado".
Inés, con su espada de acero valyrio en alto, se abrió paso entre la multitud aterrorizada. Sabía que el destino de Cáceres, y quizás de todo el reino, dependía de lo que sucediera en las próximas horas.
Mientras el dragón continuaba su devastación, los jugadores en esta partida de poder se movían en las sombras. La antigua ciudad de Cáceres, envuelta en llamas, se había convertido en el tablero de un juego mortal.