18/08/2026
Hay tradiciones que no se explican. Se heredan.
La Ronda de Valsalobre es una de ellas.
Desde hace décadas, generación tras generación, cuando llega la noche el pueblo se llena de voces y jotas. Los rondantes recorren las calles y van entrando en las casas, dedicando cantares a los vecinos, que en un pueblo como este son, en realidad, familia. Y en cada casa hay algo preparado para compartir: un plato, un embutido, un dulce, un poco de vino… cualquier cosa que sirva para sentarse un momento y continuar la ronda.
Casa tras casa. Cantar tras cantar. Hasta convertir la noche en una especie de vigilia colectiva, en la que el pueblo permanece despierto para celebrar que sigue siendo pueblo… Y quizá lo más emocionante sea comprobar que esta tradición no solo ha sobrevivido: ha crecido.
Se han sumado personas, instrumentos, voces y generaciones nuevas, pero también se han conservado pequeños tesoros que podrían haberse perdido. Como la huesera, ese instrumento construido con huesos de cordero que produce un sonido tan peculiar y que forma parte de la memoria de quienes nos precedieron.
Este año tuve la suerte de reconectar con todo esto y hubo un momento que me tocó especialmente: ver a mi primo Alfredito tocando la huesera que perteneció a mi bisabuelo. Un instrumento que un día estuvo en sus manos y que, muchos años después, vuelve a sonar en las de su nieto.
Hay algo profundamente hermoso en eso, porque quizá mantener una tradición no consiste únicamente en repetir lo que hicieron los que estuvieron antes que nosotros. Consiste en volver a darle vida. En añadir nuestras voces a las suyas. En hacer que algo que nació hace generaciones siga teniendo sentido para quienes estamos aquí hoy.
En este vídeo os enseño la jota que le canté a mi tía abuela Otilia. Una jota, una persona, una noche… y toda una historia detrás… mientras haya alguien que cante, alguien que escuche y alguien dispuesto a seguir la ronda, Valsalobre seguirá recordando quién es.