09/09/2026
Para contar una historia, no siempre hace falta acercarse.
A veces, hace falta tomar distancia.
Porque una familia no sucede solamente en los pequeños gestos que conseguimos encuadrar: una mano sobre la barriga, un hijo buscando a su hermano, un roce, una mirada.
También sucede en el espacio entre esas cosas.
En quien corre mientras los demás se quedan.
En quien observa.
En quien busca brazos.
En la manera en que cuatro personas habitan un mismo lugar sin necesidad de estar haciendo lo mismo.
Por eso, cuando fotografío a una familia, mi mirada se mueve todo el tiempo entre dos distancias.
Me acerco lo suficiente para percibir aquello que quizás pasaría desapercibido. Pero también me alejo lo suficiente para entender a qué historia pertenece ese detalle.
Porque, por sí solo, un gesto puede ser apenas un gesto.
Dentro de una historia, empieza a decir quién estaba allí, cómo se relacionaban esas personas y qué estaba sucediendo entre ellas en ese momento de sus vidas.
Para mí, fotografiar a una familia exige esas dos cosas: atención a lo pequeño y espacio para comprender el conjunto.
Quizás sea justamente ahí donde está mi manera de mirar.
No en coleccionar detalles.
Ni en intentar que todos encajen dentro de una fotografía perfecta.
Sino en percibir las relaciones entre ellos.
Porque es cuando el detalle encuentra su contexto que la fotografía empieza, de verdad, a contar una historia.