16/08/2026
La geometría de la nostalgia
Caminando sobre la sexta avenida de la Zona 4, me detuve por un momento frente a estas emblemáticas torres del Gran Centro Comercial de la Zona 4.
Quise fotografiarlas, sí. Pero, más que capturar una imagen, quise atrapar en una postal todo aquello que todavía vive alrededor de ellas. Porque a estos, como a muchos edificios les tomo fotos con la cámara y con la memoria.
Y claro, la historia no podía terminar después de tomar la foto. Entrar y recorrer nuevamente sus instalaciones fue un deseo casi incontenible. Había que volver a caminar por esos espacios, aunque fuera por un instante, para comprobar cuánto de aquella Guatemala todavía permanece allí.
A finales de los años sesenta, cuando la Ciudad de Guatemala miraba hacia el futuro con un enorme afán de modernidad, comenzó a levantarse este monumental conjunto arquitectónico. El mismo fue concebido casi como una miniciudad vertical: torres sobrias, volúmenes angulares, comercios, oficinas y espacios que muy pronto se convirtieron en parte del pulso social y comercial de la capital.
Pero quienes lo vivimos sabemos que un centro comercial nunca es solamente concreto, tiendas y pasillos.
Es también una colección de primeras veces.
¿Cómo olvidar, por ejemplo, la fascinación infantil de subir por primera vez a sus gradas eléctricas, las primeras, por cierto, en Guatemala? A principios de los años setenta aquello era toda una novedad. Me atrevería a pensar que hubo familias que llegaban casi únicamente por la experiencia de subir y bajar en aquel prodigioso invento.
Y estaba también aquel emblemático puente peatonal, ese pequeño mirador elevado que abrazaba la sexta avenida y conectaba dos mundos. Cruzarlo tenía algo especial. Uno caminaba por encima del movimiento de la ciudad mientras abajo continuaba el bullicio cotidiano.
En mi caso, había además una parada que alimentaba mi corazón melómano: Mercado de Discos —hoy Disco Centro—, aquel auténtico templo para quienes encontrábamos en la música una forma de viajar sin movernos del lugar. Originalmente ubicado en el sótano, frente al parqueo que daba hacia la 24 calle, sus vitrinas exhibían aquellas maravillosas carátulas de vinilo que prometían mundos enteros antes incluso de escuchar una sola nota.
Para mí, las tardes de sábado olían al café recién colado de la Pastelería Palace. El piano en vivo vestía de elegancia la tertulia y convertía un simple café con pastel en todo un acontecimiento. Aquellas tardes tenían algo de ceremonia, de encuentro, de una sofisticación urbana muy particular de los años setenta y ochenta, una tradición que, en mi caso, todavía extendí hasta bien entrados los años 2000.
Y sí… todavía recuerdo con especial cariño aquel pie de higo.
En el cotidiano ir y venir coexistían todos los universos.
Estaba la rutina de abastecerse en aquel histórico Paiz, el primer supermercado a gran escala instalado dentro de un centro comercial moderno; el brillo de Joyería Rodania, importante punto de referencia para los artesanos joyeros de la capital; y las tradicionales relojerías de precisión, donde ajustar un Seiko, un Citizen o un Orient parecía ser parte casi obligatoria de la vida cotidiana.
Pero el edificio también tenía sus propios aromas y sabores.
La Bandeja y su almuerzo bufé. La parada fugaz en el sótano por unos legendarios hot dogs tipo Chéveres en el sótano; o La Barra Cervecera, convertida con los años en el refugio inevitable del after office para cerrar la jornada. Y, por supuesto, el Burger King.
Porque hubo una época en que comer allí después de hacer compras tenía algo de pequeño lujo, de modernidad, de aspiración. El fenómeno fast food también formaba parte de aquella nueva manera de vivir la ciudad.
Quizá por eso hoy, al detenerme frente a estas torres, sentí que no estaba mirando solamente un edificio.
Estaba mirando una parte de nosotros.
La luz suave de la tarde se derramaba nuevamente sobre sus volúmenes de concreto, sobre sus balcones terracota, sobre esas líneas geométricas que alguna vez representaron el rostro moderno de una Guatemala que soñaba con el futuro.
La arquitectura permanece.
Lo que ha cambiado somos nosotros.
Ya no somos aquellos niños que descubrían maravillados las gradas eléctricas. Ya no caminamos por el lugar con la misma edad, ni entramos a comprar un disco con la ansiedad de quien sabe que acaba de encontrar una canción que cambiará su tarde. Ya no esperamos el sábado con la misma inocencia, ni un café con pastel significa exactamente lo mismo.
Pero basta con volver a mirar.
Y entonces sucede algo extraño y hermoso: el edificio abre una puerta que creíamos cerrada y, por unos segundos, regresamos.
Y quizá aquí esté lo más hermoso de todo.
Porque mientras escribo estas líneas, sentado en la Pastelería Palace, descubro que esta historia no pertenece solamente a la memoria.
Estoy aquí.
El café está sobre la mesa, disfruto un pie de higo y, frente a mí, permanece aquel piano que tantas tardes acompañó las tertulias de otras épocas. Hoy nadie toca sus teclas. Está en silencio, pero basta mirarlo para imaginar aquellas notas flotando nuevamente por el salón.
Y entonces pienso que quizá la nostalgia no siempre consiste en mirar hacia atrás.
A veces consiste en descubrir que aquello que creíamos perdido todavía existe.
La Palace sigue aquí. El piano sigue allí. Las torres siguen allí. Los espacios han cambiado, algunos comercios se fueron, otros llegaron, y nosotros, inevitablemente, también hemos cambiado.
Pero hay lugares que tienen esa extraña capacidad de conservar algo de quienes fuimos.
Mientras termino de escribir, vuelvo a mirar el piano.
Quizá regresaré otro día.
No para recordar cómo sonaba, sino para escucharlo nuevamente.
Y qué bonito sería sentarme aquí otra vez, con un café y un pie de higo, mientras las primeras notas comienzan a llenar el salón y, por un instante, el tiempo decide caminar hacia atrás.
Porque al final, eso es lo que esta fotografía terminó haciendo conmigo.
Yo creí que venía a fotografiar un edificio.
Y terminé encontrándome con una parte de mi vida.
La arquitectura permanece. Los recuerdos también.
Y entre ambos, todavía quedan algunos lugares donde la Guatemala que fuimos parece decirnos que nunca se fue del todo.
📍Gran Centro Comercial Zona 4, Ciudad de Guatemala 🇬🇹