09/10/2019
Once in Porto...
Portugal me venía llamando desde hacía mucho tiempo. Sin saber porqué o de dónde venía esa necesidad latente de estar ahí, con Antoine decidimos sacarnos las dudas e ir a descubrirlo. Compramos los pasajes, alquilamos una casita rodante y emprendimos rumbo.
Durante ese tiempo pude ver que Portugal es una linda y necesaria cachetada en la cara de realidades auténticas.
Es todo lo que este cuerpito necesitaba volver a ver y sentir para pinchar un poco la burbuja idílica que significa despertarse todos los días en una ciudad tan encantadora como Barcelona.
Para mí, Portugal es hermosamente decadente y no tengo mejor manera de describirla. Hogar de gente trabajadora y curtida. Así fue que descubrí porqué Portugal en cierta forma llamaba tan poderosamente mi atención, y es su autenticidad desprovista de cualquier maquillaje. Portugal no pretende ser nada que no es, Portugal es hermosa porque su historia, sus victorias y sus derrotas están todas ahí, expuestas para todo aquel que esté dispuesto a verlas, en la fachada de los edificios, en alguna que otra calle rota, en las caras cansadas pero alegres de la gente, en las charlas con el taxista, en la solidaridad de la gente.
La verdad y la honestidad siempre fueron en mi vida valores con bastante peso (con todo lo bueno y malo que eso significa) han sido brújula desde que tengo recuerdo. Y por eso me sentí tan a gusto. Por eso volvería una y mil veces más, porque de alguna u otra manera, desde que aterricé me sentí un poco más en casa.
Esta foto la saqué en una fiesta de baile que se armó en una de las plazas de Porto durante el segundo día de nuestro viaje.