09/06/2026
Mi fascinación por los maniquíes y las muñecas comenzó muchísimo antes de lo que pensaba. Durante años creí que simplemente me gustaban los aparadores. Me detenía frente a ellos más tiempo de lo normal y, mientras otras personas observaban la ropa, yo terminaba observando a los maniquíes. Había algo en ellos que capturaba mi atención. Hace poco intenté recordar cuándo había comenzado todo y terminé encontrándome con recuerdos que creía olvidados.
El primero fue mi papá cantándome La Muñeca Fea cuando yo tenía unos tres años. Me encantaba escucharla. Le pedía que me la cantara una y otra vez, aunque siempre terminaba llorando, la historia de esa muñeca olvidada en un rincón me conmovía profundamente. Es curioso porque había olvidado por completo ese recuerdo hasta que empecé a pensar en mi relación con las muñecas y, de pronto, volvió con una claridad sorprendente.
Años después llegó una muñeca de porcelana que mi abuela Luly me trajo de Francia, llevaba el nombre de Odile y venía vestida con su traje típico alsaciano. Junto con la muñeca también me regaló un vestido francés muy parecido al de ella, pero ese era para mí. Mi abuela no era de hacer muchos regalos; normalmente nos daba dinero en cumpleaños y navidad, por eso las pocas cosas que me regaló permanecen intactas en mi memoria. A Odile la llevaba conmigo a todas partes. La quería tanto que terminó rompiéndose de tanto acompañarme. Recuerdo perfectamente la tristeza que sentí cuando entendí que ya no había forma de repararla.
Pero aunque Odile ocupa un lugar especial en mis recuerdos, la muñeca que terminó marcándome fue otra. Me la regaló mi abuela Oly cuando yo tenía alrededor de ocho años. Desde el primer momento me provocó una sensación difícil de describir. No era miedo, tampoco era cariño; era una mezcla de curiosidad, fascinación y respeto. Nunca le puse nombre ni jugué con ella. Mientras las demás muñecas terminaban formando parte de mis juegos, ella permanecía aparte. No sabría explicar por qué, pero sentía que había algo diferente en su presencia.
Pasaba largos ratos observándola. Con el tiempo empecé a notar cosas extrañas. Al principio eran detalles pequeños. Juraba haberla dejado volteando hacia una dirección y después parecía estar volteando hacia otra. Otras veces era la posición de las manos o la inclinación de la cabeza. Pensé que tal vez era mi imaginación, pero después comenzaron a suceder cosas más difíciles de ignorar. Recuerdo dejarla sentada sobre mi cama y encontrarla horas después encima del peinador. O dejarla en una silla y encontrarla al día siguiente en otro rincón de la habitación. No ocurría todos los días, pero sí lo suficiente para mantenerme intrigada… Y comencé a vigilarla, antes de salir de mi cuarto observaba cuidadosamente dónde y como la dejaba, algunas veces colocaba objetos cerca (trampas). Después regresaba y algo había cambiado, a veces era apenas un detalle; otras, la encontraba claramente en otro lugar. Me quedaba parada frente a ella tratando de entender qué estaba pasando. Revisaba todo a su alrededor, reconstruía mentalmente la última vez que la había visto y buscaba una explicación que nunca llegaba.
Al principio pensé que era mi mamá quien la movía, pero cuando se lo preguntaba siempre lo negaba. Eso sólo hacía que el misterio creciera. No sé si alguien la cambiaba de lugar, si mi memoria infantil exageró algunas cosas con el paso de los años o si había una explicación sencilla que nunca descubrí. Lo único que sé es que aquella muñeca se convirtió en uno de los grandes misterios de mi infancia.
Y un día… desapareció.
Mi mamá me dijo que la había regalado porque yo no jugaba con ella. Nunca terminé de creerle. Lo cierto es que nunca volví a verla.
Después de aquello descubrí esa fascinación por los aparadores, por los maniquíes. Había algo familiar en ellos: la misma inmovilidad, la misma sensación de presencia, el mismo misterio que encontraba en aquella muñeca sin nombre. He llegado a pensar que quizá esa fascinación fue una de las razones por las que terminé estudiando diseño de modas. Sin embargo, cuando conocí ese mundo descubrí que no era exactamente lo que estaba buscando… Me interesan las historias, me interesan los símbolos, me interesa esa extraña capacidad que tienen algunos objetos para despertar emociones y preguntas. Pienso que aquella costumbre de pasar largos periodos observando una muñeca inmóvil, tratando de descubrir qué había cambiado y qué secreto escondía, tiene que ver mucho más con una cámara… mi verdadera fascinación siempre estuvo en la observación.
Muchos años después, cuando falleció mi abuela Luly, me entregaron una cadena con un dije de oro que había sido suyo. Dijo que siempre había querido que yo lo conservara porque le recordaba mucho a mí. Curiosamente, el dije tiene la figura de una especie de muñeca o maniquí. Me gusta pensar que tal vez ella había visto algo que yo tardé décadas en comprender.
Sigo observando muñecas antiguas, maniquíes y figuras que parecen guardar historias propias. Y mientras escribo esto, me doy cuenta de que quizá nunca he estado buscando respuestas, quizá lo que siempre me ha fascinado es el misterio mismo.