07/09/2026
Debo admitirlo, fui uno de los principales críticos del cierre de la calle Primera, entre Blancarte y Castillo, durante los fines de semana.
Me parecía absurdo cerrar una vialidad necesaria para colocar unas cuantas mesas y sillas que, durante mucho tiempo, parecían estar esperando clientes, de verdad yo me preguntaba ¿Para qué bloquear una calle si casi nadie ocupaba el espacio?
Pero con el tiempo mi crítica comenzó a suavizarse. Este fin de semana recorrí la zona y encontré algo distinto, personas caminando, familias conversando, clientes consumiendo y parejas tomadas de la mano, mirándose como si por unos minutos no existieran el tráfico, ni las prisas de Ensenada. Por cierto también estaba mi amigo Diego Guerrero, amenizando la tarde con su voz.
Aquel proyecto que nació durante el gobierno de Armando Ayala, entre críticas y escepticismo, incluido el mío, comenzó a crecer de manera orgánica.
Todavía le falta mucho, mayor difusión, actividades constantes, una mejor imagen y más atención a los detalles. Tampoco voy a decir que de pronto la calle Primera se convirtió en una avenida europea.
Pero si cerrar unos metros al automóvil permite abrir un espacio para que padres e hijos se reencuentren, los amigos conversen y las parejas vuelvan a caminar tomadas de la mano, entonces hay que reconocer que el proyecto funcionó.
Y aunque cueste admitirlo, esta vez la calle cerrada terminó por abrirme los ojos.
Quizá los comerciantes siempre tuvieron razón, esta pequeña parte de Ensenada necesitaba tiempo para comenzar a latir.