17/12/2025
La regidora que camina
Por Amaury Sánchez G.
No todos los encuentros políticos comienzan con una pregunta sencilla, pero éste sí:
¿Por qué caminas tanto, regidora?
La interrogación surgió casi sin pensarlo, como quien suelta una verdad que le pesa en la lengua. A Liliana Olea la había visto recorrer Tonalá con una constancia que casi rozaba la obstinación. Caminaba a media tarde, caminaba en calles sin sombra, caminaba entre artesanos que lijan la madera y mujeres que huelen el frijol para saber si le falta sal. Caminaba como quien busca algo que no se encuentra sentado en una oficina con aire acondicionado.
Me recibió sin prisa, con esa serenidad que sólo tienen quienes no deben explicarle su trabajo a nadie porque lo ejercen a la vista de todos. Y cuando le repetí la pregunta, apenas sonrió antes de contestar:
—La gente de Tonalá es mi mayor motivación.
—¿Y eso qué significa? —quise insistir.
—Que lo que más valoro de Tonalá es su gente: trabajadora, creativa, solidaria y profundamente comprometida con su comunidad. Cada iniciativa que impulso nace de escuchar sus necesidades y reconocer su esfuerzo.
Había en sus palabras una naturalidad que desarmaba. No eran frases dichas para la foto ni sentencia de manual político. Eran expresión de alguien que, antes de ocupar el cargo, ya vivía entre esas calles y sabía de memoria el sonido del tianguis al despuntar el día.
Tonalá es un municipio que no concede tregua. No se parece a esos territorios donde la política camina sobre alfombra y las quejas llegan filtradas. Aquí, el funcionario que no sale a la calle termina gobernando un paisaje imaginado desde la distancia; gobierna un eco. Por eso, ver a una regidora recorrer cerros y colonias, saludando al herrero que abre su taller y al comerciante que ya apagó su radio por tercera vez, sorprende en tiempos donde el cargo público se ha vuelto escritorio y firma.
Luis Spota habría dicho, con ese filo suyo que dolía porque era cierto, que el político que no se mezcla con el pueblo termina creyéndose dueño de un país que no conoce. Quizá por eso, mientras caminábamos con Olea por una calle recién emparejada, pensé que estaba frente a esa excepción rara que a veces aparece en la vida pública: la de alguien que sabe que la autoridad no se ejerce desde arriba, sino desde adentro.
Ella escucha. Escucha de verdad. Se detiene ante la mujer que pide una lámpara en la esquina, habla con el artesano que quiere agua para su taller, atiende al joven que pide seguridad y a la madre que pregunta cuándo volverán a revisar el drenaje. No promete imposibles; promete volver, y lo cumple. En esa simpleza reside su mayor acto político.
En Tonalá los problemas no se ocultan: se pisan. Y la regidora los pisa todos: baches, banquetas rotas, calles donde las cosas se resuelven más rápido con voluntad que con presupuesto. Tal vez por eso camina. Porque es difícil engañarse cuando los zapatos cuentan la historia mejor que cualquier informe.
A la distancia, al despedirme, pensé en algo que no dije pero que entendí tarde: caminar no es el medio, es el mensaje. Es la declaración silenciosa de que la política, cuando se mira de cerca, se vuelve humana. Y que en esa humanidad, tan simple que asusta, la gente encuentra lo que siempre ha buscado: a alguien que la vea, la escuche y la respete.
Liliana Olea camina, y en una época donde muchos quieren cargos sin calle, ella demuestra que el suelo también es un espacio de gobierno.
Que la voluntad se mide en pasos, no en discursos. Y que en Tonalá, antes que nada, todavía hay quienes recuerdan que se sirve mejor cuando se sirve desde abajo.