11/05/2025
Faltaba poco para las 10 de la noche cuando sonó el teléfono. Una voz al otro lado, breve, urgente: “El Tempisque está ardiendo.” No lo dudé. Tomé mi cámara y salí. Desde lejos, el cielo ya ardía. Al llegar, el aire era denso, casi sólido. El calor no se sentía: se imponía. Las llamas avanzaban como bestias hambrientas, trepando por montones de basura, devorando todo a su paso con un rugido bajo y constante. El suelo crujía, el humo se enroscaba en la garganta. La noche estaba viva, y ardía.
Entre el resplandor y el humo, vi la fuerza de quienes no dudaron en actuar. Hombres que, con solo una manguera en las manos y determinación en la mirada, se abrieron paso entre el fuego. Había algo profundamente humano en esa escena: la lucha por proteger, por preservar, por evitar que el daño fuera mayor.
Mientras tomaba las fotografías, pensé que el cuidado no siempre se nota… hasta que hace falta. Que pequeños gestos diarios pueden evitar grandes tragedias. Y que, al final, este planeta es casa de todos, y cada acción —por mínima que parezca— es parte de su resguardo.
📍Relleno Sanitario El Tempisque, Nayarit