14/09/2025
Siento que, a veces, las reglas llegan como muros invisibles que me susurran dónde posar la mirada, cómo encuadrar el mundo y qué contar. He absorbido esas fórmulas: la regla de los tercios, las líneas guía, el triángulo dorado. Pero en cada fotografía mía late un pulso propio, un anhelo de vertiginosa libertad que choca con el corsé de instrucciones universales.
Cuando coloco un sujeto justo en el centro, rompiendo tercios, siento la electricidad de una voz sincera que grita: aquí estoy, sin disculpas. Mis ojos, entrenados en años de pobreza y desafíos, buscan las grietas, los gestos genuinos que escapan a cualquier manual. Ahí nace esa luz imperfecta, esa sombra descarriada, esas arrugas de vida que convierten un instante en un poema visual.
Las reglas me han enseñado a ver, pero también han puesto cadenas en mis impulsos. Me pregunto si la tinta no se seca más rápido cuando todo parece estar calculado. Si las fotografías empiezan a verse idénticas, como copias serenas de una misma fórmula, perdemos la honda conexión con la humanidad que late detrás del disparo.
Por eso doy un paso atrás de las pautas y confío en mis sensaciones. Dejo que mi cámara baile junto al caos de la calle, al llanto de un niño, al susurro de un anciano. Solo así rescato esas historias vibrantes que las reglas a veces niegan: la imperfección sublime, la verdad desnuda.
Creo que las reglas no destruyen la fotografía, sino el fotógrafo que olvida escuchar su propio latido. Invito a quebrarlas, a doblarlas y a rehacerlas desde nuestra vulnerabilidad. En ese reencuentro con la intuición, la imagen renace con la fuerza de lo auténtico.