17/05/2025
La mordida fue rápida… pero el dolor se quedó por días.
Un zorro joven fue atacado por una serpiente mientras intentaba proteger a los suyos.
Volvió herido, con la pata arrastrándose, la fiebre en los ojos y el alma rota.
Pero su manada, en vez de acogerlo… lo rechazó.
—No queremos enfermarnos —dijeron algunos.
—Es mejor que se vaya —murmuraron otros, mirando hacia otro lado.
Así que el zorro se marchó solo, confundido…
No por la mordida.
Sino por el abandono.
Le dolió más el desprecio… que el veneno.
Se refugió en una cueva lejana, donde cada noche temblaba por el frío, la fiebre… y la soledad.
Con el tiempo, perdió la pata.
Apenas comía.
Apenas dormía.
Apenas respiraba.
Solo un cuervo venía a verlo de vez en cuando.
Un día, el cuervo regresó a la manada y les dijo:
—El zorro aún vive… pero está débil. No puede cazar. No puede valerse por sí solo. Necesita ayuda.
Todos lo escucharon.
Y todos se excusaron.
—Tengo que buscar alimento…
—Mis crías me necesitan…
—No tengo tiempo para ir tan lejos…
El cuervo volvió con las alas vacías.
Y el corazón hecho trizas.
Pasaron semanas.
Hasta que, una tarde gris, el cuervo volvió con la noticia que nadie quería oír:
—El zorro… ha mu**to.
Silencio.
Los que cazaban dejaron de correr.
Los que dormían, despertaron con el alma encogida.
Los que criaban, se quedaron mirando al suelo, sin palabras.
Y entonces sí…
Todos salieron corriendo hacia la cueva.
Llorando.
Gritando su nombre.
Suplicando haber llegado antes.
Pero ya no había zorro.
Solo un eco frío.
Y una nota escrita con garra temblorosa:
“Cuando estás vivo, nadie cruza la calle para ayudarte…
pero cuando mueres, cruzan montañas para llorarte.
La mayoría de las lágrimas en un entierro…
no son de amor.
Son de culpa.”