11/07/2026
Cuando una fotografía se convierte en memoria y la memoria se comparte, los grupos sociales y comunidades crean políticas de vida en sociedad más inclusivas, horizontales, democráticas. De objetivos y bien común.
Esta es la premisa de OJOS PROPIOS.
Presentamos las reflexiones y una crónica especial escrita por:
HERNÁN GARCÍA BALDEVELLANO, que se estrena como nuestro editor de contenidos.
Las fotos son de:
CHIO LECAROS, productora general.
El conversatorio
"El Legado CARETAS" dejó una reflexión sobre el oficio fotográfico, el valor de los archivos y el desafío de preservar una manera de mirar el Perú en una época donde las imágenes son cada vez más abundantes y efímeras.
El jueves 9 de julio, en el MAC Lima, se cerró un ciclo. No el de Caretas como archivo —ese apenas empieza — sino el de la exposición El Perú, en clave CARETAS, que después de casi dos meses despidió sus fotografías con el conversatorio "El Legado CARETAS".
Hay una imagen capaz de resumir todo lo que se discutió esa noche: un quipu, que es una forma de preservar la memoria enlazando múltiples cordeles. Cada uno conserva su identidad, pero solo juntos cuentan una historia.
En este caso, uno de esos cordeles está hecho de fotografías: setenta años del Perú convertidos en rostros, portadas, conflictos, presidentes y terremotos. El otro está hecho del propio oficio fotográfico: cómo cambió la manera de mirar, qué la amenaza hoy y dónde podría estar su próximo capítulo. El conversatorio avanzó entre esos dos cordeles.
En los archivos de Caretas permanecen los negativos, las hojas de contacto y las fotografías que nunca fueron publicadas. También sobreviven las decisiones que las convirtieron en parte de la memoria colectiva. Cada imagen encierra una conversación entre el fotógrafo, que decide dónde mirar, y el editor, que decide cuál de todas esas miradas merece permanecer.
"El periodismo es el primer intento de escribir historia", recordó Natalia Sobrevilla.
Y esa historia no se escribe únicamente con palabras, va más allá. También se escribe con encuadres, con descartes, con marcas naranjas en los negativos y con elecciones. El archivo de Caretas no solo nos conserva cómo era el Perú. Lleva en el alma varias generaciones que aprendieron con ella a mirar el país.
"La fotografía tenía que valer mil palabras", resumió Óscar Medrano.
Ese proceso explica por qué las imágenes de Caretas siguen siendo reconocibles décadas después. No solo registraban un hecho. Construían una lectura del país. Cada nueva edición añadía otro cordel a esa memoria compartida.
Pero ese oficio enfrenta hoy un desafío distinto. Nunca fue tan fácil producir imágenes y, al mismo tiempo, nunca fue tan difícil confiar en ellas. Las redes sociales multiplican fotografías a una velocidad imposible de seguir. La inteligencia artificial ya puede fabricar escenas convincentes, de una realidad plasmada por quien la solicita.
El problema dejó de ser conseguir una imagen. El verdadero reto al que nos enfrentamos hoy está en distinguir cuáles seguirán teniendo valor cuando desaparezca el ruido del presente.
Ese aprendizaje no comienza con tener una cámara. Empieza mucho antes, en la forma de observar.
"Fotografiar no es mirar, es decidir desde dónde observamos y qué relación construimos con las personas y los espacios”, encuadra Yael Rojas.
Quizá por eso uno de los mayores desafíos ya no es enseñar únicamente a producir imágenes, sino a comunicar con ellas. En una época donde cualquiera puede tomar una fotografía, la diferencia sigue estando en la intención y en la historia que es capaz de contar.
"Hay que encontrar una nueva fórmula para la credibilidad", planteó Cristóbal Bouroncle.
Esa transformación obliga a pensar el oficio de otra manera.
Durante décadas el fotógrafo salió al encuentro de imágenes que todavía no existían para atraparlas. Quizás hoy una parte de su trabajo podría comenzar justamente al regresar sobre las que ya existen.
Volver a abrir los archivos. Releer los negativos. Descubrir relaciones que antes nadie había visto. Hacer dialogar fotografías tomadas hace cincuenta o setenta años con preguntas que pertenecen al presente.
Fue ahí donde Francisco Sagasti dejó una de las ideas más sugerentes de la noche. En una época saturada de imágenes, imaginó una nueva especialidad para el oficio: el fotógrafo como curador y verificador de contenido.
Ya no solo alguien capaz de producir fotografías, sino de responder preguntas esenciales: ¿esta imagen es auténtica?, ¿qué contexto necesita?, ¿por qué merece conservarse?, ¿qué sigue diciéndonos hoy?
El futuro de la fotografía podría encontrarse precisamente ahí. No únicamente detrás de una cámara, sino también frente a un archivo.
Porque proteger el legado de Caretas no consiste solo en impedir que miles de negativos se deterioren. Consiste principalmente en preservar una manera de mirar el Perú y ver hacia adelante, al formar a quienes serán capaces de reinterpretar esas imágenes, quizá con el mismo rigor con que fueron tomadas.
Andrés Longhi tuvo la última palabra de la noche: "El periodismo necesita joyeros", dijo, "y para eso están los fotógrafos".
Como en un quipu, ningún cordel basta por sí solo. Las fotografías conservan un instante y quienes las toman, editan y preservan las convierten en memoria.
Quizá ese sea, al final, el verdadero legado de Caretas: proteger no solo un archivo, sino una forma de mirar el Perú. Y quizá también ahí se encuentre una parte del futuro de la fotografía: menos obsesionada con producir imágenes y más comprometida con descubrir nuevos significados en las que ya existen. Porque solo entonces una fotografía deja de ser un instante y se convierte, verdaderamente, en memoria.
En las fotos:
Cristobal Bouroncle, Andrés Longhi, Natalia Sobrevilla, Francisco Sagasti, Pedro Pablo Alayza, Diana Zileri, Yael Rojas y Óscar Medrano.
En la segunda foto: Hernán Garcia Baldevellano ( autor de la nota) Andrés Longhi y Francisco Sagasti.