06/03/2026
Las lluvias y el mismo viejo rompecabezas
Las lluvias de marzo vuelven cada año como un anciano amigo al que nadie ha invitado, y que siempre entra porque tiene la puerta abierta. Caen en los techos de calamina con un persistente golpeo y sobre las calles con una saña que parece avivar las viejas memorias de un territorio. Se oscurece el cielo y cuando empieza a correr el agua por las avenidas, la ciudad entera grita al cielo: vecinos nerviosos, autoridades que se lanzan alertas, mototaxis que buscan rutas imposibles entre charcos que han pasado a ser lagunas improvisadas.
No siempre fue así. Hubo un tiempo que el río y la lluvia no eran percibidas como amenazas, sino como poderosas presencias que merecían respeto. En las antiguas culturas de la costa norte, el agua que bajaba con la llegada del río era celebrado. El río era vida, fertilidad, promesas de cosecha. Había ritos, tributos, ceremonias para recibirlo. Ellas y ellos sabían que el río tenía su carácter, que podía ser generoso o desbordarse si se le desafiaba, pero jamás se olvidaban de que su trayecto era el eje de la vida en el valle.
Hoy, en cambio, el nexo que se había forjado con el agua parece haber desaparecido para siempre. La ciudad creció sin tener presente el antiguo mapa del sitio. Presentamos viviendas en quebradas o en zonas inundables, núcleos enteros donde antes también corrían acequias o cauces naturales. El desorden urbano se transformó en normalidad, y en cada primavera nos aparecen sus consecuencias. Allí, donde el agua quizás tenía su lugar para expandirse, hoy encuentra muros, pistas y viviendas precarias.
Entonces aparecen las emergencias, las memorias técnicas, las máquinas removiendo barro y las partidas extraordinarias de Presupuestos para reparar lo que nunca se debió construir en esas condiciones. Las arcas públicas vuelven a abrirse para enfrentar un problema que no aparece en el agua de lluvia, sino en cómo la ciudad decidió crecer. Así, cada marzo, el cielo nos viene a recordar el panorama que el valle fue capaz de olvidar y a recordarnos que el problema no es el agua, sino las condiciones de cohabitar con ella.
La crisis de el Niño Costera en Arequipa ha sacudido una vez más a su nación, provocando un cóctel de tristeza, impotencia y un sentido de déjà vu, las lluvias cada año señalan la estación más impredecible de la costa peruana, esta vez golpeó lo suficientemente duro como para causar bajas humanas y causar estragos en las profundas grietas en la infraestructura de nuestra ciudad y los servicios públicos.
Cuando la lluvia se desploma y los ríos se hinchan, parece que todo el país está en alerta alta, grupos voluntarios espontáneos, contribuciones de último minuto, y funcionarios hacen su camino a través de las zonas impactadas, todos cubiertos con botas robustas y chalecos de emergencia brillantes, todos quieren ayudar, todos quieren reaccionar, pero en medio de esta improvisación de urgencia también prevalecen las decisiones; se toman cuando las cosas se están calentando, y es raro que alguien realmente mire de cerca cómo estamos usando los fondos públicos.
En este desastre, los costos se disparan rápidamente con los equipos de emergencia, soluciones rápidas, paredes apareciendo en el horario y presupuestos greenlit sin planificación adicional, la corrupción resurge silenciosamente en el ámbito de la administración pública como una vieja sombra silenciosa a veces no es obvio al principio, pero puedes verlos en excesos de presupuesto, trabajo mal hecho y los mismos proyectos viejos apareciendo año tras año como que acabáramos de descubrir el problema.
Las consecuencias de esta serie de errores y descuidos son evidentes en toda el país. Este problema no es solo una sola vez en una ciudad; es una preocupación generalizada en áreas enteras; en lo que del 2026: Piura, Tumbes y Arequipa se encuentran entre las regiones más afectadas por las fuertes lluvias, calles desmenuzadas, y nos mostró cuántas ciudades construidas sin pensar en sus alrededores están realmente en terreno inestable.
Las cifras oficiales muestran el impacto real en lo que va del 2026: 41 personas han mu**to y 56 resultaron heridas en el país debido a las fuertes lluvias. Detrás de cada número, hay familias impactadas, barrios enteros que se esfuerzan por recuperarse, y comunidades que se preguntan por qué la historia sigue volviendo alrededor de cada año.
Así que, mientras el agua se precipita por las barrancas y los arroyos rebotan hacia su antiguo poder, la nación enfrenta el mismo viejo rompecabezas: no es como si estuviera lloviendo por primera vez, y los desastres tampoco son algo nuevo, cada estación lluviosa nos mostrará ciudades tan expuestas como la primera vez y mientras el Gobierno de turno sigue perdido en su laberinto, la repartija de cada Ministerio y el presupuesto público un apetito voraz de quienes intentan llegar al poder.