07/01/2026
No vine a contar una operación.
Vine a contar una puerta.
Salí de casa para entrar al hospital y ponerme dos stents en el corazón.
Dos pequeñas piezas de metal.
Una advertencia.
Una segunda oportunidad.
Pero este metal no es frío.
Está lleno de amor.
De Mafer, mi siempre amiga, mi socia y ahora mi compañera de vida.
De mi hermana Eliana, con quien he caminado las malas, las peores, las buenas, y con quien todavía nos esperan las mejores.
De Hellingberg, amiga adjunta y compañera de luchas en Nueva York, siempre solidaria, siempre presente cuando la vida aprieta.
En ese camino pensé en mi Tío Ricardo José.
Mi querido tío.
Buen hombre. Trabajador. Feliz.
Un modelo de hombre que enseñó sin hacer ruido.
Por ti también fue posible mirar a tiempo: la angina, el calcio en las arterias, las señales antes de la tormenta.
Y pensé en Venezuela.
En ese terremoto que sacudió la tierra y nos sigue sacudiendo la vida.
En San Juan Bautista, profeta de agua y fuego.
En Carabobo, en la libertad como batalla y como destino.
Pensé en mi gente bella.
Venezolanos dándolo todo en 24 horas.
Llevando comida, medicinas, cajas, manos, fe.
Haciendo con amor lo que un gobierno no pudo hacer en 24 años, 27, ya qué importa.
Importa otra cosa.
Importa el poder de nosotros cuando nos mueve el amor.
Hoy tengo metal en el corazón.
Pero no es armadura.
No es derrota.
Es prueba de vida.
Es un portal abierto.
Es memoria, sangre, luz y electricidad.
Sigo aquí.
Con el corazón intervenido.
Y más vivo que nunca.
Escuchen su cuerpo.
Amen a su gente.
No dejen para después la vida.