11/23/2023
Al verla por primera vez, una sensación de familiaridad me envolvió. Tenía la certeza de haberla visto antes. Era como reencontrarme con algo perdido, como si ya la conociera de alguna otra vida, como si ese momento ya estuviera tejido en el tapiz de mi pasado; sin embargo, el recuerdo específico se mantenía esquivo cual sombra que se esconde en los recovecos de la memoria.
Esta tierra contenía una belleza sobrecogedora. Bien formadas colinas se alzaban desde la superficie, resplandecían bajo la brillante luz del amanecer y cautivaron mi atención. El aura que la cubría, única a su alrededor, me invitaba con ternura a perderme en sus senderos. Un solo vistazo y el deseo por ella se volvió evidente y profundo. El impulso por recorrer hasta el último rincón del exótico lugar resultó ser irresistible. En aquel momento el universo conspiró para que mi corazón se sintiera atraído por la magia entrelazada a cada detalle de su existencia. Explorar y descubrir los secretos ocultos de sus paisajes se volvía inevitable. La conexión fue instantánea, un susurro me instaba a sumergirme en la maravilla de ese paraíso terrenal.
Con la determinación de vivir en ella y dispuesto a investigar a fondo esta tierra, llegué al pueblo más cercano. Estaba decidido a conocer cada uno de sus linderos, escuchar su historia y descubrir sus atributos. Identificar al dueño era imperativo para presentar una oferta convincente. Escudriñé meticulosamente documentos, sostuve conversaciones con los lugareños, realicé cientos de preguntas hasta que hallé a los propietarios. Con todo, la información que obtuve fue poco alentadora: el conjunto de personas a las que entrevisté estuvo de acuerdo y, sin excepción, afirmaron rotundamente que esa tierra no estaba en venta por ninguna razón. Un matrimonio, de consumados terratenientes, la poseían desde hacía tiempo. Aunque varios ya habían intentado adquirirla antes, la negativa de la pareja se mantenía firme, como un muro infranqueable que desalentaba las aspiraciones de quienes soñaban con adueñarse de tan preciado terreno.
Por supuesto tomé acción aunque, como era de esperarse, mi propuesta corrió la misma suerte que las demás. No tuve más remedio que aventurarme en esa tierra prohibida, sorteando la cerca sin previo aviso. A pesar del riesgo, la recompensa justificó cada momento de intrusión, la experiencia no podía ser otra que mística. No pedí permiso a los dueños, pero sí a la tierra, y ella, con una brisa semejante a la caricia de una mujer apasionada, me lo concedió.
Al ingresar, me acogió el cálido resplandor de una luz omnipresente. Bajo mis pies, el suelo se transformaba en oro, mientras los caminos que se desplegaban ante mí eran hilos de plata. La tierra desbordaba una abundancia exquisita de árboles frutales y otras delicias. Caía una llovizna ligera, nada incómoda, que refrescaba los campos. La perspectiva del horizonte, realzada por los rayos del sol y las gotas de agua, se abría paso a través de jugosos melones, seguía en paralelo los surcos sembrados con fresas y melocotones, para finalmente culminar en un huerto de uvas que impregnaba el lugar con el inconfundible aroma y color del mejor vino. La plenitud de los sentidos y el espíritu era total.
De la intimidad de la tierra brotaban manantiales y sus aguas, tanto frías como calientes, poseían el dulce sabor de la miel. En la distancia, una cascada plateada se percibía igual que el dorso femenino de una escultura griega, moldeada por la eterna obstinación de las rocas que pretenden retener para sí cada movimiento de la corriente. En las fuentes termales, un géiser, sorprendía hasta con diez erupciones diarias al firmamento, y este a su vez, recibía con agradecimiento todo aquello que emergía desde las entrañas de la tierra. En las mañanas, una fragancia matutina polinizaba la creación, mientras que por las tardes, el descanso natural inyectaba vitalidad a todo ser viviente. Día y noche, los exuberantes jardines eran mecidos por los vientos del norte, infundiendo a su entorno un ambiente de éxtasis inigualable.
Cada ocasión propicia me llamaba de vuelta, y así, nuevamente invadía sus laderas, bebía de sus complacientes aguas, descendía en la profundidad de sus manantiales para luego subir con sigilo a la superficie y salir con las fuerzas renovadas. La experiencia se repetiría cada vez que la oportunidad se presentara. Desafortunadamente, y como nada dura para siempre, llegó el tiempo de la desolación. Una muralla que bordeaba sus fronteras apareció y se interpuso entre la Tierra y yo. La noticia se propagó de boca en boca hasta alcanzarme. El Terrateniente había mu**to de repente y la viuda, motivada por la ausencia y angustiada por las deudas del difunto, entregó la tierra de mis sueños, a una jauría de acreedores. La realidad se burló en mi cara y el anhelado territorio terminó en poder de hombres indignos, no iniciados e incapaces de apreciar tan elevado tesoro. Guiado por una triste ensoñación evanescente decidí contactar a la propietaria. La viuda escuchó mis razones y con una actitud fría e indiferente afirmó: La tierra es en esencia femenina y al igual que las mujeres, elige a quién acoger y determina a quién entregarse. Luego se despidió diciendo: lamento ser una sombra en sus recuerdos, pero ahora poco puedo hacer; esa tierra ya está en otras manos. La escuché sin replicar. Los fotógrafos sabemos que toda sombra tiene una fuente lumínica que la proyecta. Volteé la mirada, lloré mis p***s y caminé hacia la luz, con la certeza de que, allá, en alguna parte, la tierra perfecta y llena de paciencia, todavía, aguarda mi llegada.