Hector Munro Art

Hector Munro Art Social Media Marketing, Advertising, Graphic Design, Photography, Illustration, Painting, Video Production...

Bilingual Graphic Designer & Marketing Agent, with over a decade of industry experience, responsible for providing creative results & communicating the ideas and visual needs of a company or individual while keeping up with the most current design trends. Effective publicizer with vast experience working with a diversity of clients, and levels of management. Detail oriented, resourceful with the ability to problem-solve and produce quality work with a quick turnaround.

Acrylic on Canvas
04/13/2026

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07/23/2025

Acrílico sobre tela

Flores para Maia AnaisAcrílico sobre tela
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09/27/2024

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Today’s quick
09/26/2024

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Antenoche me topé con este poema de Alejandra Pizarnik, y me dieron ganas de ilustrarlo. "No importa si cuando llama el ...
08/22/2024

Antenoche me topé con este poema de Alejandra Pizarnik, y me dieron ganas de ilustrarlo.

"No importa si cuando llama el amor
yo estoy mu**ta.
Vendré.
Siempre vendré.
Si alguna vez
llama el amor."

La mesera le dijo que ya no le podía servir más, entonces enfadado sacó unos billetes arrugados y los tiró de mala gana ...
08/13/2024

La mesera le dijo que ya no le podía servir más, entonces enfadado sacó unos billetes arrugados y los tiró de mala gana encima de la mesa. Intentó caminar derecho, pero fracasó. Era como si caminara sobre la cubierta de un barco que atraviesa una feroz marejada; se iba tambaleando de un lado a otro. Su vista nublada solo le permitía ver manchas de luz que se desparramaban, dejando colores y sombras que se escurrían y cambiaban de intensidad. Habiendo estado en ese bar cientos de veces, sabía hacia cual dirección caminar. Ya cerca de la salida reconoció un grandísimo roble sobre la banqueta, donde siempre se resguardaba a fumar. Bajo el árbol había una macetera circular en forma de banca que rodeaba el tronco, se dejó caer con fuerza y por poco se iba de paso. Intentó sacar el teléfono de su bolsillo izquierdo, después de forcejear con su pantalón y su mano que se atoraba en el bolsillo sacó el celular, se lo llevo a unos cuantos centímetros de la cara y entrecerrando los ojos buscó la aplicación de Uber. El móvil inteligente le ayudó y en cuestión de segundos la app le marcaba que pronto llegarían por él para llevarlo a casa. Del bolsillo derecho sacó un paquete aplastado de Camels y un encendedor Bic de plástico de un tono rojo brillante; encendió un cigarro después de cinco intentos. Al inhalar el humo, sintió como si la gravedad del planeta incrementara de un solo golpe. Sentía mucho peso en todo el cuerpo, los brazos, la espalda, los hombros, la cabeza, los párpados, todo le pesaba. Poco a poco le fue bajando el efecto y pudo disfrutar de una segunda bocanada.
"Lo siento Miguel, es que está el dueño aquí y me dijo que ya no te vendiera" – le dijo una voz de mujer.
Miguel abrió los ojos y apenas pudo distinguir la silueta de la mesera entre la danzante neblina de alcohol.
"No te preocupes" - creyó decir "Me hiciste un favor"
Se dio cuenta que solo balbuceaba. En su mente las palabras articulaban bien, pero al salir de su boca sonaban como gruñidos sofocados. Se llevó de nuevo el celular a la cara para ver si ya casi llegaba el Uber. Pero ya no veía nada.
"Ya llegaron por ti" - le dijo la mesera.
Le dio un último jalón al cigarro, el humo le quemó y supo a plástico. Lo tiró y se puso de pie con ayuda de la mesera. El coche del Uber ya estaba a un lado.
"¿Miguel?" - gritó el conductor por la ventana.
"¡Sí, ya va!" - respondió la mesera.
Cuando se subió, Miguel fijó la mirada donde creía que estaba la mesera e hizo un enorme esfuerzo para pronunciar bien la siguiente propuesta: "¡Vente a mi casa hoy, ándale!" La mesera se sonrojó y después de cerrar la puerta le respondió: "Mañana vienes y me invitas de nuevo, pero bueno y sano." Sin embargo, Miguel anticipando su fracaso ya se se había sumergido en otro plano de la conciencia humana, y no alcanzó a escuchar la respuesta. El Uber al ver la condición de Miguel salió de prisa por temor de que le vomitara los asientos traseros. La mesera contempló cómo se alejaban, un poco con alivio, un poco con arrepentimiento.

05/23/2024

Estoy en un bar medio rudo en el lado este del centro de San Diego, estoy aquí por trabajo, vine a grabar un video de una nueva aplicación móvil que vamos a promover y quise que en el mapa saliera el estadio de Los Padres. La app te ayuda a encontrar estacionamiento, te muestra las tarifas, y puedes extender tu estadía desde tu celular sin tener que salir a poner monedas. Tenía que esperar a que se agotara el tiempo del parquímetro para grabar los siguientes pasos y opciones. Por suerte vi un letrero que decía brewery como a dos cuadras de donde me estacioné y fijé mi trayecto. En el camino una docena de homeless acampando en las banquetas (si se le puede llamar acampar), algunos inconscientes bajo el achicharrante sol de medio día, abrazando una transparente bolsa de Walmart con pocas pertenencias, papeles, fotos, calzones; lo más importante.
El bar se llama Knotty Barrel, en la esquina de la calle Market y Novena avenida. Es un bar como miles de bares, oscuro, sucio, una barra larga pegada a la pared con sillas altas, una gran variedad de cervezas de barril mostradas con orgullo y un refrigerador con coloridas latas y botellas de marcas locales, regionales, nacionales e internacionales; algunas mesas y butacas y decoración de marcas europeas de cerveza, equipos deportivos y su propia mercancía colgada junto con letreros con sus respectivos precios. La música de fondo es AC/DC o algo similar. La taberna no está llena y a simple vista puedo darme cuenta de que hay personas de todos tipos y todas las edades.
Me senté en la barra, a dos sillas a la izquierda de dos mujeres con laptops, y a tres sillas a la derecha de dos señores que conversaban y reían estruendosamente. Sobre la barra un código QR con las opciones de bebidas y comida. “What can I get you honey” – dijo una voz chillona, levanté la mirada y era el o la bartender que me miraba mientras secaba un vaso. “Give me a minute” – le contesté con una amable sonrisa miles de veces practicada. El o la bartender se dio media vuelta y empezó a ponerle hielo al vaso, después agua y después un popote negro. “Definitivamente era el, pero ahora es ella” – pensé. “I’m going to start with the blonde ale please”-le dije con la misma sonrisa ensayada pero genuina. “eight or fourteen ounce hon’?” – preguntó. “14”- contesté. Mi sonrisa no es fingida, lo que pasa es que mi rostro no es muy expresivo y no quiero parecer grosero. “Can I get you any food?” – preguntó de nuevo la bartender. “In a little bit” – respondí mirando mi reloj. El tiempo de estacionamiento era de una hora con veinte minutos, tenía que esperar a unos minutos antes de que venciera para lograr grabar la notificación y posteriormente los pasos para extender el tiempo del parquímetro. Le pedí a Siri que pusiera una alarma.
Después de la blonde ale pedí una hazy IPA y una ensalada de salmón. Por mientras pasa el tiempo hago unas grabaciones de pantallas de los settings, de los pasos para pagar, agregar un automóvil, y otras funciones de la app.
Una muchacha rubia y relativamente joven llega y se sienta a mi lado, también saca una laptop. La bartender llega y la saluda con mucha familiaridad. “The usual?” – pregunta la bartender. “The usual!” – afirma la güera. Momentos después regresa con un Old Fashioned o un trago similar. “Any plans this weekend?” – le pregunta la joven a mi lado mientras teclea frenéticamente. “Me and Michael are going to a shooting range in San Marcos”- empezó a contarle la bartender. “Tiene novio”- pensé. El resto de la conversación la silencié.
Mi tercera y última cerveza fue una amber, también pedí un vaso de agua. Se termina un playlist de rock ochentero y empieza a sonar Taylor Swift. La güera sentada a un lado mío le grita a un fulano fiero postrado al fondo del bar: “Larry did you put this song?” A lo que Larry le responde: “I’m a Swifty!”
El tipo que parecía haber sido sacado directo de la serie Duck Dynasty se acerca con su botella de Budweiser, una barriga digna de Buddha, una barba de medio metro y su gorra de troquero llena de aceite. Se chinga lo que quedaba de cerveza de un solo trago y le hace la señal de que quiere una más a la bartender mientras se limpia su American-style lager del bigote y la barba con el peludo antebrazo. "You know...(burp)" – empieza a platicarle a la chica sentada a mi lado "...I've been to ten Taylor Swift concerts, and they just keep getting better."
Por suerte sonó la alarma, mi labor grabando las capturas de pantalla llegó a su fin. Pagué mi cuenta con la tarjeta de crédito del trabajo y más pensativo que de costumbre salí en busca de mi carro.

12/18/2023



12/12/2023



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San Diego, CA
92129

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