23/04/2024
Nunca fui fan de los abrazos, siempre me resultaron incómodos.
Creo que porque de niña viví cosas complejas, difíciles de explicar como dije en aquel primer poema que escribí de chica. Cosas que me hicieron creer que tenía que ser fuerte, y los abrazos me dejaban vulnerable.
Los abrazos me quebraban, me hacían llorar, me “debilitaban”.
Era niña y confundí fortaleza con dureza.
Así aprendí, así crecí.
Hoy, adulta y después de varias sesiones de terapia, entiendo un poco más como funcionan.
Me sigue dando algo de miedo lo vulnerable que me siento en uno, pero entiendo todo lo lindo que eso significa.
Apoyarse en un otro y sostenerlo a la vez.
Sentirse seguro.
Dejarse caer, liberar.
Contener, compartir, conectar.
No hay nada más sincero y lindo que un buen abrazo, esos bien apretados que logran que te vuelvas uno, sin importar cuántos sean. Que comprenden, perdonan, aman.
Hoy estando lejos de la gente que quiero, valoro muchísimo más cada abrazo porque no hay nada que se le compare.
Daría lo que fuera por los abrazos de mi familia, por abrazar a mis mascotas, a mis amigas y por ese abrazo especial.
Me quedo con los últimos que dí, sabiendo que se sienten eternos, que trascienden tiempo y espacio, y que de últimos no tienen nada.
•La segunda imagen es la pintura de .uy inspirada en la foto.
Además de ser un regalo increíble, no quería dejar pasar la oportunidad de compartir semejante laburo. ¡Gracias!