28/02/2026
Planificando mi próxima expedición a Venezuela, sondeé el ambiente con mis amistades en Caracas. Aunque me hablan de un tímido optimismo económico, la realidad de fondo persiste. En viajes anteriores, mi urgencia fue documentar un patrimonio arquitectónico en peligro, subastado a saldo por la desesperanza. Recuerdo fotografiar esta casa vacía, esperando una nueva vida, mientras la nieta de los propietarios me narraba sus juegos infantiles entre estos volúmenes bajo la mirada del Ávila.
Hoy desconozco el destino de esta magnífica casa diseñada por Fruto Vivas en Prados del Este. Como bien me explicaba mi buen amigo Gianni, Fruto era el arquitecto “rockstar” de su época en Venezuela. Su huella es tal —desde Táchira hasta Lara— que, buscando esta joya, entramos por error a otra obra suya cercana en restauración; las colinas caraqueñas están colonizadas por sus experimentos.
Esta obra de su primera etapa parece un ejercicio de prismas blancos básicos, muy corbusianos, con techos planos y quiebres a 45° que domestican la luz y la topografía. Aquí ya se intuye su obsesión por los vuelos estructurales: emergen pilares en “U” como pedestales que anticipan la ingeniería del “Árbol para Vivir” (1994). Es un eslabón perdido donde Fruto experimenta aligerando las losas con formas que recuerdan a las familias de la bóveda catalana, pero “aplatanadas” usando tablones criollos de Graveuca amarrados por una retícula de viguetas de hormigón.
Este módulo crea habitaciones como “cubos flotantes” en niveles alternos, articulados por patios, puentes de madera y escaleras que abrazan la montaña, garantizando siempre la vista al Norte. Luz cenital y celosías que tamizan la tarde completan la atmósfera.
Como decía el maestro sobre la eficiencia:
“La estructura límite está muy ligada a la idea del andamio... llamamos estructura límite a aquella que está en el máximo de su optimización: donde menos material no se puede poner, pero está en su máxima rigidez. Es una estructura óptima”.