11/02/2025
A veces, la verdad pesa como el plomo.
Siempre habrá alguien que lea esto y lo critique como catastrófico. Me dirán: "Te has quedado en otra época", "Estás en contra del futuro". Pero lo que me preocupa no es el futuro en sí, sino este comportamiento falaz que disfraza el desastre como éxito y viste de progreso la tecnología mal utilizada.
Vivimos, o al menos eso siento, en una especie de empobrecimiento intelectual. Lo veo en la simplificación excesiva de discursos complejos, en la polarización del debate público, en cómo hemos ido perdiendo la capacidad de pensar con profundidad. Las redes sociales, en lugar de acercarnos, nos han sumergido en una cultura del entretenimiento instantáneo, donde la atención es fugaz y la reflexión, un lujo.
Me duele ver cómo el conocimiento se desprecia, cómo las habilidades de lectura comprensiva y análisis se pierden, cómo dependemos tanto de una búsqueda rápida en Google que ya no retenemos ni procesamos la información. Nos hemos vuelto expertos en opinar desde los titulares, sin tomar el tiempo de leer, de entender, de cuestionar.
¿Será esto parte de un nuevo orden mundial donde la desinformación es la premisa? No lo sé, pero veo sus efectos: la dificultad para encontrar fuentes confiables, la desaparición de espacios para debates pausados, la incapacidad creciente de escuchar perspectivas distintas a la mía. Noto cómo el lenguaje pierde matices, cómo el vocabulario se empobrece, cómo el pensamiento crítico se sustituye por la tribalidad.
Y, sin embargo, lo que más me inquieta es la pérdida de la capacidad de estar en silencio, de reflexionar sin estímulos constantes. A veces tengo la sensación de que no será necesario que prohíban pensar; simplemente, los que aún usamos un poco la materia gris estamos en peligro de extinción.
Por eso, cada día, lucho contra esto. Vuelvo a sentarme, a reflexionar, a preguntarme a dónde vamos. Porque, al final, la única manera de no perdernos es recordar quiénes somos.
unos vagamundos